Comienzo. Ese paso tan difícil

 

Llevo casi un mes pensando en la primera entrada. El diseño debe ser el adecuado, las palabras escogidas una a una. Al final, supongo que llevo un mes repensando y buscando la forma de comenzar de la mejor manera que pudiera hacer, y el caso es que no empiezo. A veces,  comenzar a desarrollar algo, nos cuesta más trabajo que el hecho de hacerlo en sí. Destruir las expectativas que pueda crearme, romper los problemas y enfrentar los miedos se me hace casi imposible si lo veo desde la caja en la que me escondo antes de salir al estrado. Supongo que muchas de estas expectativas me limitan, y me frenan a la hora de dejar fluir la voz que sale de mis entrañas. Pero ya está bien.

No voy a dejar que mis miedos me impidan avanzar. No voy a permitir que la incertidumbre de no saber cómo hacerlo, se me apalanque y me impida desarrollar. Supongo que la primera no es tan importante, al fin y al cabo. Que, con el tiempo, aprenderé, y que las equivocaciones novatas son necesarias para comenzar.

Así que comienzo. Me preguntas hoy qué tal estoy. Pues bien, creo que mi respuesta no cabe en un “bien”. Tampoco creo que pueda caber en un montón de palabras recopiladas en este texto porque, sinceramente, no son suficientes. No son suficientes para decirte todo lo que siento, lo que percibo, añoro y busco. Todo lo que quiero construir y todo lo que cabe entre mis manos en este momento en que el tiempo parece escaparse entre mis dedos. Antes consideraba que estaba perdida, y a veces esa sensación reaparece. Como si, de repente, andando por el camino, me encontrara una señal desconcertante con la que me encuentro perdida. Conforme comienzo a andar, me doy cuenta que si, que era el camino. Todas dudamos a veces. Pero sabes qué más adelante vas a encontrar una bifurcación que, o bien modifica tu camino en un cambio brutal de dirección, te adentra en bosque puro y te hace vivir las experiencias más estremecedora de tu vida o…por el contrario, te hace girar hacia el territorio más desolado y seco que puedas imaginar, ese en el que nunca quisiste estar, pero que resulta tan sencillo de seguir que la mayoría de gente lo encamina sin dudar.

Es el camino que te marcan, el que te impone una sociedad que educa para exprimir el capital, utilizar los cuerpos y rellenar moldes preestablecidos que siguen alimentando a un sistema podrido, sucio y triste. Esos moldes que debemos rellenar para creer que somos felices. Esos que nos enseñan que, aunque la vida sea una mierda, la felicidad está en las pequeñas cosas, que debemos resistir para poder seguir. Al final la vida es eso y, dicen, es maravillosa.

Pero, como te decía, me encuentro un poquito antes. Me encuentro antes de llegar a la bifurcación en la que decido qué camino coger. Y tengo algo de miedo, no puedo negarlo. No quiero equivocarme y coger la senda que me ate y me mantenga pillada toda una vida; trabajando para vivir; viviendo para trabajar. Aún estoy a tiempo: aún deseo que no me hagan indefinida, aún deseo que no me cojan en ese trabajo que me permite tener un sueldo fijo de manera estable. Dios, ¿ estoy loca? Eso ahora me da igual. No quiero perder la libertad. Me siento agradecida por lo que tengo ahora mismo, por poder trabajar para ganar dinero, sentirme independiente, poder ahorrar y orientar mi vida hacia donde yo deseo. Pero no quiero esto eternamente. Ni siquiera lo quiero demasiado. Ni siquiera sé si lo quiero. No me hace falta más de tres semanas para darme cuenta de que esto podría volverme loca, o peor aún, autómata. No me hace falta más tiempo para darme cuenta de que es demasiado fácil caer en la aboragine de trabajar para vivir, vivir para trabajar. Trabajar para pagar; para pagar esas cosas que no me hacen falta, y que no me hacen feliz.  Me dan escalofríos, no es para menos. Pero es que miro a mi alrededor y no veo otras alternativas, no conozco directamente muchos ejemplos de personas que hayan conseguido huir de esto que te escribo. No encuentro referentes. En fin, mucho menos cercanos. En mis seres cercanos percibo el anhelo de viajar y conocer, mientras sus cuerpos se resignan a vivir atados a una hipoteca que no pueden dejar de pagar, unos hijos que deben crecer, un matrimonio que sostener…tres propiedades que mantener. Dios, dios, dios.

No creo que yo pueda aguantar eso.

En realidad creo que nadie está preparado para aguantar esto. Creo que esta sociedad nos exprime hasta que no podemos aportar nada nuevo, o lo que aportamos está tan lejos de ser novedoso y dar jaque al sistema, que toda la que juega a su juego, termina rendida. Yo no quiero terminar rendida. En realidad, esto no es nuevo. O si. Tengo la sensación de que ya lo sabia de antes. A la vez tengo la sensación de que es totalmente nuevo.

Supongo que dentro de mi latía el sentimiento desde hace tiempo. Supongo que antes no me había planteado ponerlo en práctica, quiero decir: tenía más o menos organizado este año, y no me imaginaba de otra manera, debía terminar, para volar. Lo que ocurre ahora es que este año llega a su fin, que éste me ha dado la oportunidad de darme cuenta que no deseaba realmente lo que estaba haciendo, y que obligarme a entrar por el aro del trabajo, del filtro social…dios, me duele. Me duele hasta el punto de romperme. Me gusta trabajar, me gusta exprimirme los sesos para crear, innovar, construir y aportar ideas y trabajo: pero no así. No deseo ser un número más (metafórica y literalmente), no quiero trabajar para dar productividad, no quiero vender algo que al salir a la calle rechazaría, no quiero coger el coche para llegar a un sitio en el que no quiero trabajar. En el que siento que mi talento, mis aspiraciones e intereses no se ven reflejados. Donde mi deseo no valga. Claro, intentó valorar la oportunidad y aprender; experimento, siento y vivo sensaciones nuevas. Pero, al final, lo hago por dinero. Dios, lo hago por dinero. Nunca he hecho cosas por dinero: la primera vez que hicimos pulseras para una tienda que poníamos en los bancos de mi barrio, terminamos vendiéndolas a cinco duros y cosas parecidas. Estoy acostumbrada a trabajar como voluntaria y no necesito una nómina a final de mes que no me dé más que para comer y dormir en un sitio calentito. La mayoría de las cosas que me gustan son gratis, o se pueden hacer con muy poquito dinero. Y no, no me gusta hacer cosas por dinero.

Tengo 23 años y no quiero comenzar a enmarcar mi vida en un camino de trabajo y resignación. A mi edad no quiero seguridad, ni una nómina estable, ni un sueldo que me permita cosas que no deseo tener, ni siquiera quiero un trabajo estable.

Quiero experimentar, quiero cambiar, vivir, viajar, correr, saltar, escribir y vivir de mis sueños. Y, si estos no son posibles, al menos intentarlo. Al menos no resignarme a no cumplirlos porque es la norma. Hay gente que los cumple. Porque, aunque no hubiera nadie, yo querría cumplirlos. No me importa que sean difíciles, que me deje la piel, o que no lo consiga. Al final, me dejaría la piel trabajando ocho horas, intentando encajar en un sistema que no me cabe, en el que no entro a no ser que deje atrás todas mis añoranzas y deseos. No quiero resignarme, ni por un segundo quiero terminar haciendo lo que no deseo. En mi interior late con fuerza un rugido que no quiero acallar, que no quiero domesticar. Es un tópico creer en los espíritus libres: al final todas, en mayor o menor medida, lo somos. Ningún caballo preferiría vivir en un establo si pudiera correr libremente. A no ser que no conociera más allá del establo; a no ser que ahí fuera no tuviera asegurada la supervivencia, ni la estabilidad. Creo que algo parecido nos puede pasar a nosotras: nos da miedo salir porque no conocemos más allá de lo que nos enseñaron, porque no sabemos que hay más allá, ni si seguiremos con vida. En fin: prefiero morir de pie que vivir de rodillas, solo que el significado de rodillas toma diferentes acepciones dependiendo de quien lo emplee. No creo que haya tantas diferencias entre los obreros que trabajaban de sol a sol doce horas por un mísero sueldo el siglo pasado. Hoy se trabajan cuatro horas menos; pero la resignación, el miedo y el conformismo siguen ganando la batalla. Yo no quiero que me coman, no quiero quedarme aquí anclada.

Quiero viajar. Quiero vivir, quiero construir. Quiero darle a este cuerpecito la posibilidad de experimentar otros olores, otros colores, otros sentimientos, vivir otros cuerpos y sentir otras sensaciones. Quiero VIVIR. Y que al mirar atrás no me de pena, no me arrepienta. No quiero sentir miedo de no sentir. Tengo miedo de no vivir; y eso me lleva a querer vivir por encima de lo que ni siquiera añoro a poder sentir. Quiero que este sentimiento que rebosa por dentro me inunde y me guíe. Quiero serme fiel primero a mi, y luego al resto, a la vida, al planeta, a los animales y a todas las criaturas de este mundo. Quiero hacer algo que me remueva la entrañas y me permita crecer hasta superarme por dos, tres o cuatrocientos. Quiero crecer hasta conseguir recuperar toda la confianza en mí y saber que es posible creer, luchar y conseguir aquello que nos proponemos. Quiero cuidar el planeta, quiero cuidarme, quiero no parar, quiero avanzar. Quiero de verdad salir y, una vez fuera, decidir si quiero formar parte del mundo que nos enseñaron o quiero construir el mío propio.

Quiero bailar desnuda en alguna playa pérdida del mundo, quiero cantar sentada bajo la luna en algún lugar inhóspito al calor de la hoguera. Quiero hacer música, quiero correr, y saltar, y bañarme, y hacer el amor con todas las partes de mi cuerpo, con pasión y sin preocupaciones. Sin miedos. O haciendo estos tan pequeñitos que no me imposibiliten cumplirlos. Quiero vivir en el campo, conectada a mi entorno, en contacto con la tierra y las criaturas, con mi cuerpo, con mi origen. Quiero vivir lo más en sintonía con mi entorno que pueda. Quiero querer, y quiero querer bonito.

Quiero construir.

Y este blog, será un gran camino.

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