Ahora me toca a mí. Ahora me toca escribir.

Casa a orillas de la carretera de Orbaitzeta, ¿será mi próxima habitación propia?

Llevaba más de dos años sin ordenador. Cuando se me rompió aquel que estiré hasta dejarlo en láminas, decidí no comprarme otro. Necesitaba desconectarme, desintoxicarme y afrontar todos los des- que pudieran provocarme separarme de un ordenador. No soy demasiado proclive a la dependencia tecnológica.

¿Y ahora?

Después de muchas reflexiones, dudas y controversias, lo considero elemento indispensable de mi equipaje. Escribió Virginia Woolf allá por 1929 que toda mujer necesitaba una habitación propia* para ser libre y ejercer su completa autonomía. Y, como buena femi-fan de mi tocaya, apoyo y respaldo esas maravillosas palabras. ¡Qué mujer tan increíble Virginia! Si tuviera que añadir, o describir más a fondo el modo de concebir que cada mujer tenga acerca de su propio cuarto, personal y privado, es, sin duda alguna; la propia potestad y decisión de cómo crearlo, conformarlo y disfrutarlo.

Determinar cómo quieres que sea tu cuarto propio es tan importante como tenerlo. 

Tú y solo tú puedes darle forma. Nuestro cuarto propio es nuestro lugar en el mundo. Un espacio que, como mujeres, se nos ha limitado y determinado. Y esta es quizá una de las razones más importantes por las que delinear, marcar y conformar nuestro cuarto propio nos hace libres. He pasado por muchas fases en mi vida. Al principio luché porque mi habitación se respetara; encontraba en ese espacio un resguardo del mundo que me permitía esconderme y alejarme del ruido. Luché porque mi cuarto propio fuese mi propia casa: ese espacio en que hacer y deshacer como parte de mi antojo, de mi deseo de crear mis propias normas.

Cuando vivía en Vigo, tenía mi propio lugar escondido en un rincón de la ciudad. Era el lugar ideal porque estaba a la distancia exacta de mi casa para que el paseo hasta allí me permitiese despejar mi cabeza antes de pensar. Corriendo estaba lo suficiente cerca como para ir con frecuencia; se encontraba a orillas del mar, bajo la sombra de la pequeña iglesia de Bouzas. Pasaba por el puerto, por barrios con historia y por una larga calle en la que rondaban desde la más ajetreada actividad de los astilleros, hasta el oculto trasiego de la noche.

Bouzas
Vista desde el banco de la Iglesia de Bouzas (Vila de Bouzas, Vigo)

Cada vez que pienso en el bienestar que me proporcionaba aquel lugar en el que pensar, crear, escribir y despejar mi cabeza, me recuerdo a mí misma que mi cuarto propio, el que de verdad me produce bienestar, se encuentra escondido en cualquier lugar. Quizá a la vista de todas. Quizá remoto entre grandes árboles. Porque posiblemente la característica que lo hace propio, que me aporta seguridad, es que aún ni siquiera lo conozco.

Ahora, cuando quizá le he dado forma de una manera más tangible a mis deseos, me doy cuenta de que probablemente mi concepto de cuarto propio varíe mucho a lo largo de mi vida. Que cada emoción, sentimiento, o situación personal determinará mis necesidades y, por lo tanto, mi cuarto propio. Puede que aquel sitio que me haya proporcionado seguridad y tranquilidad durante mucho tiempo, ahora me limite, o no permita que una parte de mí se desarrolle tanto como me gustaría. Incluso puede que, aquellas cosas que en otro momento me hicieron soñar, ahora me resulten asfixiantes. Y por ello, ser capaz de modelar mi cuarto propio me ayuda a comprenderme, a darme forma y a reestructurar mis necesidades y deseos.

Pues bien. Ha llegado el momento de colocar mi cuarto. Ya no tiene forma de habitación, ni siquiera está encuadrado dentro de un edificio. Ahora siento que mi habitación propia me espera en cualquier lugar del mundo. Y es esa condición, precisamente, la que me atrae y me proporciona seguridad. Supongo que se trata de que concibo mi habitación propia como el lugar que me permite ser y construir-me tal y cómo deseo en cada momento. Bien. Pues ahora mismo se trata de precisamente eso. Un cuarto propio sin ventanas ni puertas; abierto al mundo y a nuevas experiencias.

La importancia que tomaba en todo esto el hecho de tener o no un ordenador, precisamente tiene mucho que ver con esto. Hasta ahora he dependido de escribir, leer o editar fotografías en lugares prestados. Aunque estoy completamente a favor de compartir los aparatos, soy consciente de que la situación se me hacía en ciertas ocasiones insostenible. No pretendo justificar ni mucho menos mi decisión. (He sido la primera en lidiar con las contradicciones que comprar un aparato con coltán ha generado en mi). Pretendo promover o aportar nuevos modelos, diferentes. Quizá muchas personas necesiten una habitación para alcanzar cierta estabilidad emocional y personal. Yo me he dado cuenta de que necesito cosas diferentes. De que un ordenador que me permita escribir, una cámara que me permita fotografiar y una mochila que me permita viajar, me aportan más estabilidad de la que pueda aportarme cualquier apartamento en un lugar fijo. Y que estos elementos conforman mi habitación propia. Una habitación que me permite desarrollar ciertas habilidades que ni siquiera un apartamento en Nueva York podría concederme.

  • La creatividad a través de la escritura.
  • La belleza a través de la fotografía.
  • La libertad a través de la mochila.

No es fácil. Construir un camino que no encuentras marcado con señales, resulta tremendamente agotador. Se hace muy difícil. Da miedo. Y, sin embargo, cada día voy encontrando más referentes o modelos que me permiten elevar mis sueños un poquito más alto. Y, los que no encuentre, toca imaginarlos.

Así que sí, ahora me toca escribir. Me toca fotografiar. Me toca coger la mochila para construir mi habitación propia. Descubrir en mí todo lo que tengo que decir. Descubrirlo fuera. Descubrir, al fin y al cabo.

* Del ensayo “Una habitación propia”, Virginia Woolf, 1929 

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