No es más que una noche de finales de verano

Fotografía: Plazoleta de la Ermita del Cristo de los Doctrinos, Alcalá de Henares

Hoy, que por la noche llego a casa adormilada por la suave brisa del final del verano, embriagada por el ambiente festivo de la ciudad, adormilada por los sueños que se quedaron en el tintero, enternecida por el contacto mundano… Hoy, hoy me siento acongojada. Acongojada por no conocer el motivo ni el futuro de mis sinceros más profundos. Encandilada por el suave aroma de la tristeza, esa que me rodea levemente. Suavemente descendiendo por un precipicio que se extiende bajo mis pies. Sin cuerda. Sin prisa. Pero descendiendo porque, al fin y al cabo, no hay otro camino. Y si lo hubiera, ahora mismo lo tengo tan dentro que resulta complicado tan siquiera imaginarlo. Supongo que todas nos sentimos así de vez en cuando; me atrevería a decir que incluso necesito darme cuenta para poder seguir. Pero el caso es que ahora, cuesta. Se hace duro pensar en los sinfines de proyectos que aún no concibo, que aún no espero y que ni siquiera imagino porque mi cabeza se encuentra encajada en un suburbio de intenciones apagadas. Y es que no puedo comprender cual es el motivo que me lleva a disculpar a mis elogios por la pena que me causan. Ni si quiera yo lo comprendo. Pero conozco la sensación, y creo que podré soportarla. Mis emociones se rigen despacio: no, no todo va a ser como esperaba. Ni siquiera como imaginaba hace unos años bajo la sombra de este mismo árbol. Donde ahora miro atenta y desilusionada, miraba antes incesante con la vista equivocada. El caso es que equivoca los planes que cada día conformo para seguir por el sendero que rige el camino. No, puede que ahora no hayan sido los planes que imagino en el presente, pero sí que fueron los que imaginé en el pasado. Quiere decir entonces que quizá he construido aquello en lo que ahora me siento no encajada. Y poco sentido tendría repensarlo, pues he sido feliz haciéndolo. Quizá suene ridículo plantear ahora las razones que me llevaron a ello.

Bueno, ahora que el viento se ha parado y los sonidos cesan, el recuerdo se incrementa. Que resulta complicado no hacerse daño pensando en el miedo que acongoja el cuerpo. Pero en momentos así, la vida se hace complicada. Porque salir a recuperar el sentido, en el lugar en que el sentido se ha perdido, es inesperado, diría que inútil, aseguraría que doloroso. Y entonces viene la eterna pregunta, esa que asegura saber que el camino puede ser correcto. Y me siento pequeña. Que si lo estoy haciendo bien o no, eso quizá no lo sepa en mucho tiempo. Quizá ni siquiera llegue a saberlo. Y en realidad es tan relativo que se limita a imitarme en momentos de crisis. En aquellos espacio-tiempo en lo que todo me parece cuestionable. Son más grandes las anécdotas que antes contaba; son más pequeños los problemas. Las drogas de mi mente no me acompañan insensibles. Ahora siento, percibo, concibo y reflexiono. Y, aunque cueste, me hago cargo de lo vivido. Que la vida nos encubre y alimenta, y el sentido es buscarle el sentido. Plantear que la mano que nos da de comer es la propia; y que el objetivo se marca en sí mismo.

Parece absurdo plantearse el concepto propio en función etérea; y sin embargo es fácil caer en el incesante golpeteo del martillo que limita las razones de mi mente. De mi cuerpo entero. Resulta difícil pensar con claridad aun cuando el miedo se apodera de la criatura y la razón se inquieta en desmesura. Ni siquiera yo misma lo concibo. En aquellos momentos de pérdida, de incertidumbre, desamparo desgarrador y suspiros incontrolados. Es difícil encontrar el horizonte que te mantiene firme. Es complicado explicar los susurros que imitaste en las noches de luna llena. Todavía más sensible si piensas en las noches que vendrán.

Hacer el balance, ahora, resulta estremecedor. Posiblemente perdida, con ánimo desgarrador y viento frío, las nubes se preparan para nueva tormenta. Esas frases sanadoras hace tiempo que tomaron forma, hoy persiguen los sueños perdidos. No estás sola. Y en cambio, nadie parece darse cuenta. Se arremolinan los pensamientos y el tiempo se alarga, se estira, se prolonga en largas noches de verano. Cuando mira, ya se ha ido. Y posiblemente lo persiga, lo agarre y se acoja firmemente en su mirada. Al final, todo pasa.

Y esto no es más que una noche de finales de verano. 

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