¿Me ocupa la bicicleta? Okupo en bicicleta.

Como mujeres, y parece que intrínsecamente unido a la concepción histórica y cultural de nuestros cuerpos, la ocupación del espació público por nosotras resulta revolucionaria. Por definición, aunque más casi convendría decir por construcción; mejor digamos: la definición de la mujer se ha construido en torno a su delegación al espacio privado. Las mujeres se han vislumbrado desde diferentes niveles metafóricos que a lo largo de la historia han ido variando pero que, en definitiva, han consensuado una imagen de posesión y subordinación. Ahora que escribo desde Atenas, el origen de la civilización que nos precedió, la tierra de la cultura y las asambleas, comprendo que los orígenes de la humanidad no nos producen la misma impresión: no nos remueven lo mismo a nosotras que a ellos. Y posiblemente tenga que ver con que nosotras no hubiéramos podido entrar en el Ágora ateniense. No, las mujeres no formaban parte de la civilización de la Grecia antigua; no al menos en el sentido simbólico y humano de la palabra. Y es que las mujeres no hemos formado parte de la historia en muchos aspectos; lo que, al menos de manera individual, nos condiciona y posiciona en cuanto a afrontar y vivir ciertos aspectos originales. Al menos de manera personal, la concepción de pertenencia a ciertos aspectos de la historia pasada y reciente me desvincula de esos orígenes. Sería interesante plantearnos hasta qué punto formaron parte de la colonización, la esclavitud o las guerras, sujetos que hasta bien entrado el siglo XIX, no presentaban voz ni voto. Las mujeres no eran más que sujetos pasivos (en su mayoría), sin derecho a mostrar objeción alguna; pero en cambio se encuadran de manera automática en la figura occidental de “los colonizadores”. ¿Sería interesante que desvinculásemos a las mujeres, al igual que hacemos con los esclavos, de las figuras de opresión que conformaron buena parte de las conquistas, colonización y conflictos armados que marcaron la historia? Pero ese es otro tema.

El caso es que el devenir de la creación cultural ha ido posicionando a las mujeres como sujetos pasivos, casi objetos en numerosas situaciones; conformando propiedades privadas que enaltecían la capacidad capitalista de posesión por parte del hombre, sujeto con pleno derecho y autoridad. Y, aunque esta realidad no sea más que una construcción occidental del término humano; resulta que la colonización se encargó de que esta realidad se extendiera a lugares en los que las mujeres podían cumplir otros papeles, extendiendo y reafirmando así el legado patriarcal. Y así, con esta extensión de la capacidad de poseer, violar, prostituir y utilizar a las mujeres como meros contenedores de vida, las mujeres fueron tomando un papel social de subordinación, posesión y desamparo que se encontraba allá en todos los lugares donde la mano colonialista llegaba a cubrir. Como una parte más de las posesiones del marido; como un aspecto más del ámbito privado. Es decir, como algo a poseer, un bien de consumo.

Concepción que, aunque conservadora y primitiva; sigue confinando nuestros cuerpos aún hoy en día, condicionando y limitando nuestros placeres y expresiones. Y sino, piensa en todas las veces que, como mujer, te acosaron en el espacio público. Vamos a dejarlo en te acosaron, a secas. Porque resulta que la invasión de la intimidad no es más que una expresión de la potestad de posesión del cuerpo de la otra; que no es sujeto propio, sino que permite ser tocado, usado, utilizado. Y no por decisión propia (que no tiene), sino porque la sociedad así lo decidió. No se trata de que ella permita o no; se trata de que eso, está permitido socialmente. Y esta reflexión me viene a raíz de la reacción feminista ante el #NoesNO, #NotAllMen y #YesAllWoman, con los acontecimientos  sucedidos en los últimos días referente a estos temas. Se trata de una limitación porque relega el cuerpo de las mujeres al espacio privado, adquiriendo este las mismas connotaciones que un objeto que puede ser utilizado y tocado sin previo consentimiento. Porque los objetos no dan consentimiento; los objetos están para ser usados. Y este argumento, que nos puede resultar absurdo e ilógico, es el que se esconde detrás del “no razono”, “cómo iba vestida” o historias cada día más escandalosas sobre lo que sufrimos mujeres que ocupamos el espacio público. Pero no hace falta nombrar estos ejemplos, y tan solo basta con saber que todas mis amigas, si, TODAS MIS AMIGAS, han sufrido algún tipo de acoso sexual a lo largo de su vida. De múltiples formas, contenidos y expresiones. Porque nuestro cuerpo es objeto de conquista, y porque socialmente se aplauden y comprenden este tipo de actitudes, adornándolas de tradición y conservadurismo del rancio.

Y por eso, salir a la calle nos supone un peligro real. Por eso no podemos volver a casa solas de noche sin dudar de quien nos encontramos al doblar la esquina, mirar de reojo los bancos del parque o llevar las llaves preparadas. Por eso nos piropean, nos chistan, nos miran. Porque nuestros cuerpos, concebidos como privados, englobados en el amplio espectro de lo que se posee, se siguen manteniendo en dicho imaginario colectivo. Por eso los piropos, por eso las miradas, por eso la difusión de imágenes.

Ocupemos el espacio público

Y por eso, la necesidad de ocupar el espacio público. Porque se ha construido de tal manera, que resulta ser un espacio de conquista, pacífica, con nuestros cuerpos como armas de ocupación y defensa. La revolución se produce cuando un cuerpo femenino ocupa un espacio tradicionalmente masculino; y eso ocurre casi cada día que salimos a la calle. Porque las calles han sido patriarcales, porque las ciudades se han construido en torno a un concepto capitalista de la vida y el género como fuentes de inspiración. Porque nuestros cuerpos, garbosos y con forma de mujer, no han tenido espacio en un espacio más que masculino. Y los cuerpos femeninos que ocupan el espacio público lo hacen en forma de anuncios, estereotipados y delimitados hasta la extenuación. No hay hueco en las calles para los cuerpos menstruantes, imperfectos. No hay hueco en sus calles; en las que se exponen objetos de conquista y en las que, a la vez, se producen invasiones no autorizadas. En las ciudades hipócritas que nos venden una falsa seguridad necesaria tras la violencia que supone que expongan nuestros cuerpos como objeto de mercado. Y no, no nos venden seguridad; y sí, nos encargaremos de recuperarla.

A golpe de pedal

O cómo sea necesario. Cualquier ocupación del espacio público con nuestros cuerpos cíclicos resulta revolucionaria persé. Porque significa ocupar para no ser ocupadas; significa estar presentes para no ser presenciadas. Es decir, salir al espacio público para no ser mostradas. Nos mostramos sólo para nosotras, por el placer de estar presentes y disfrutar(nos). Mutua o individualmente. De todas las formas y colores que imaginemos. Con nuestros cuerpos revolucionarios, ocupados no más que por nosotras, resistiendo ante la atenta mirada del ente patriarcal. Ante la presión social y las conductas mayoritarias. Y, por eso, pedalear nos hace libres en un espacio predominantemente masculino. Y las razones son muchas: que el ciclismo es mayoritariamente masculino; que el deporte también lo es; que el estereotipo de mujer no sale a la calle bañada en sudor; que las faldas en bicicleta, no son de señorita. Todas las que imaginemos. Pero la realidad es que, a pesar de que sean clichés, nos condicionan. No hay mujeres ciclistas. O no al menos tantas como hombres. A pesar de que resulta un vehículo emancipatorio, amiga íntima de la igualdad, las bicicletas, no se usan.

No hay razón más potente que el placer por ocuparnos. Por vivirnos y presenciarnos en todas nuestras facetas y exponentes. Y puedo decir que no hay placer más grande que ocuparnos en bicicleta. Pedalear mientras nuestros culos bailan al compás del ritmo que nosotras, y solo nosotras, marcamos. Pedalear para ejercitarnos, para comernos el mundo y desayunarnos los complejos. Descubrir nuestros límites, nuestros objetivos; pero sobre todo nuestras capacidades.

La bicicleta ha sido, históricamente, una gran aliada de la emancipación femenina.

La bicicleta es revolucionaria porque no consume recursos naturales, ni requiere de combustibles fósiles para su utilización; la bicicleta no provoca contaminación acústica, ni lumínica, ni química. La bicicleta promueve una economía basada en el bien común y el desarrollo de redes de sororidad y comunidad. Es un vehículo autónomo libre de mercados y prejuicios ideológicos.

Pero es que además, la bicicleta permite ocuparnos y ocupar el espacio público de una manera segura. En bicicleta podemos transitar por calles antes inimaginables, podemos volver solas de noche a casa, podemos ser autónomas y libres en nuestros movimientos.

Pero no cabe olvidar que la bicicleta es, en sí, un vehículo vulnerable. Vulnerables por su condición de vehículo destinado al recreo, por su concepción cultural de vehículo inferior al automóvil, y por razones más que evidentes de un sistema basado en el consumismo capitalista. Es además un vehículo vulnerable desde un punto de vista físico. Y es que, con la bicicleta, nuestro cuerpo vuelve a ser expuesto en la calle ante el tráfico de coches y vehículos más preparados, protegidos y peligrosos. La ciclista expone su activismo, pero también su cuerpo en la carretera. No sólo se trata de una cuestión física: conscientemente, la bicicleta es un vehículo en el que, en caso de accidente, el cuerpo recibe los golpes de manera directa. Y esto es revolucionario, ya que el escudo capitalista no nos protege ante sus propios desechos: sólo estás segura si tu nivel económico te permite moverte en medios caros. Pero, además, la decisión autónoma de pedalear está condicionada por la vulnerabilidad que se crea ante la subordinación capitalista: si no formas parte del sistema, terminas perdiendo.

En el caso de las mujeres, la exposición del cuerpo al espacio público es además añadida por la objetivación de su cuerpo. Por lo tanto, pedalear libremente se convierte en un acto subversivo si actúas de manera reaccionaria ante los ataques, comentarios y piropos que se realizan sobre tu cuerpo por el único motivo de ocupar un espacio público. Y pasas de ser guapa, a ser puta. ¿La diferencia? Que contestaste a su invasión machista. Aún cuesta que muchas personas entiendan que salimos sin la necesidad de ser miradas, expuestas como peluches de feria, y por supuesto, para no ser tocadas. Salimos porque queremos salir, porque queremos ocupar ese espacio que nos fue negado, y porque nuestro cuerpo, campante y sereno, puede estar donde nos apetezca. Sin más.

¿Por todo esto?

Por todo esto, la bicicleta revoluciona, altera, alegra, pone del revés el mundo que conocemos. Nos abre caminos hacia la autonomía y nos engancha a la sensación de libertad. Por todo esto nos sobran los motivos para tomar las calles y nos faltan las razones para no hacerlo en bicicleta. Porque la bicicleta tiene formas, colores y tintes antipatriarcales. La bicicleta revoluciona el patriarcado, el capitalismo, nuestros cuerpos y sus mentes. La bicicleta nos mueve.

Cada día somos más las que salimos a conquistar la calle y okupar nuestros cuerpos.

 

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