La comida como nexo de unión cuando se ha perdido todo

El día dos de octubre volaba a Atenas. Llegaba un domingo de un incipiente otoño veraniego que aún dejaba entrever días de sol, atardeceres calmados y mosquitos, muchos mosquitos. Desde entonces, hemos vivido incontables momentos, conocido numerosas caras, nombres, historias. Historias de vida, llenas de ilusión, de futuro, de un horizonte fijo; historias llenas de esperanzas puestas en una Europa borrosa; proyectos de ayuda, imágenes comprometidas con un dolor ajeno pero cercano. También historias de muerte, de pesadumbre, de tristeza; historias llenas de dolor y de duelo. De fuero interno pidiendo a gritos una salida del infierno terrenal, robado, en el que se ha convertido la vida.

Y entre tanto dolor, hay que comer.

La necesidad básica no cubierta, sin duda alguna, es la comida. Hay ropa, juguetes, mantas,  zapatos. Podríamos hacer un análisis de lo que tenemos, lo que hemos recogido y lo que damos, como país occidental. Pero el caso es que falta comida. Fata porque se acaba cada día. Se calcula que hay más de 60.000 personas en Grecia en estos momentos provenientes de Siria, movidos por la guerra civil de su país. Y hay que comer. Cada día, miles de niñas, niños…millones de personas se deben alimentar con una comida que no llega, una alimentación que no cubre, que no sacia, que no alimenta. Una alimentación que sostiene una vida que ya no se sostiene sola. Una comida que, día tras día, denota la decadencia en la que se convierte una vida que no se alimenta. Toneladas de comida se cocinan a diario: arroz, pasta con forma de arroz, arroz. A veces, patatas cocidas con trazas de cordero. Pan, una fruta. De vez en cuando, vienen garbanzos, o algo de verdura. Bueno, sobre todo arroz. El caldo es aguado, sabe a poco sin sal. “Bueno, es comida”, pensaba al principio. Y entonces yo, que ni siquiera estoy aquí obligada, que no he tenido que huir de mi país en guerra, me doy cuenta que no soportaría más comiendo esto cada día. Todos los días. Durante ocho meses, o más. Llevo aquí dos meses y  el arroz pastoso que, cada día a medio día, nos ponen a comer en el campo, me produce rechazo. Me acostumbro a no comer a medio día, porque el arroz me resulta in-masticable, insípido. No tiene sabor. No tiene vida. Por suerte, al volver a casa puedo cocinar y saborear. Por desgracia, la mayoría de las personas que están en Grecia huyendo del horror de la guerra, no pueden hacerlo.

He podido observar de cerca diferentes realidades y diferentes proyectos: campamentos de refugiados, edificios ocupados, espacios autogestionados, refugiados en casas pagadas por organizaciones. En cada lugar, una realidad. En cada momento, espacio, lugar, en cada familia, diversas expresiones.

También he podido compartir mesa y comida con familias provenientes de Siria, Kurdistán o Afganistán (la crisis migratoria no es únicamente proveniente de Siria). Sentada a la mesa, comiendo pescado frito proveniente de un río cercano al campamento de refugiados de Termopylas, especiado con yerbas provenientes de la rivera, se me ocurrió pensar en lo importante que aquella comida era para ellos; en lo importante que era para mí. En cuanto a mí se refiere, creo que me ocurre igual que a la mayoría de voluntarias que pasamos aquí una temporada: la situación precaria en la que muchas venimos, la calidad alimenticia en el país (la comida es cara, en la calle la generalidad son puestos de comida basura) unido a la falta de tiempo y horarios, nos llevan a comer de una manera deficiente y poco saludable.

De la reflexión acerca de la importancia que aquella comida suponía para ellos, decidí escribir este post. En realidad, poco más pensé en aquel momento más que esa comida era esencial. En el campamento de Termopylas, los voluntarios españoles que desde comienzos de verano comenzaron proyectos allí, se encargaron de proveer cocinillas eléctricas que les permitiesen a las familias a realizar su propia comida. Unido al proyecto (también de voluntarias españolas) de reparto de verduras semanal, la comida repartida por otros voluntarios independientes, las yerbas, condimentos, comida y pescado del entorno local, las familias han estado preparando desde entonces platos típicos de su país de origen, Siria. Posiblemente no se trata de una práctica habitual, ni siquiera sea algo que puedan permitirse cada día, por la falta de recursos y por los inconvenientes que supone trasladarse a la ciudad más cercana a comprar alimentos frescos, condimentos o verduras. Pero lo importante de esta práctica es el trasfondo cultural, social y sobre todo personal que adquiere la alimentación en un contexto como éste.

La población civil Siria lleva cinco años (desde 2011), sufriendo los continuos ataques de la guerra “civil” que se desata en el país. La guerra civil de Siria está sirviendo como excusa para que países como EEUU, Rusia o Francia establezcan relaciones clientelares basadas en la explotación y subordinación de un pueblo sumido en la desgracia. Se calcula que en torno a 5.000.000 de personas se han desplazado del país en los últimos años buscando un futuro diferente en otra parte del mundo. Las familias que han podido, han huido hacia Europa; las familias que no, esperan en Líbano y otros países colindantes como Turquía a que la guerra termine para poder volver a casa. Se trata de una población refugiada que, como tal, se ha visto obligada a huir de su casa por los ataques continuos a la población civil por parte del ejército y las fuerzas contrarias al régimen. También por los ataques de países de occidente. Huyen de la guerra, de las bombas, de las mutilaciones, las torturas y las vejaciones continuas. Huyen de las escuelas, los hospitales y las bibliotecas atacadas. Con una maleta que se perdió en el camino, con lo puesto; la mayoría llega a Europa sin nada. Con el miedo en el cuerpo y las mochilas llenas de piedras que pesan, piedras rotas que cuentan las historias que los cuerpos callan.

Y aquí, en un pueblo perdido de Grecia, a 200 km al norte de Atenas, pueden cocinar su comida. Esa comida que transporta a los olores, sabores y sentidos que la vida tomaba en Siria. Comida que escapa de la rutina del tuper negro entregado por el ejército. Una comida que inspira, que anhela, que resulta conmovedora y salvadora a partes iguales. Porque la vida transcurre interminable, ansiosamente desgarradora entre el período que se extiende entre comidas. Comidas que nunca llegan, comidas que se alargan, que se esperan. y es que la espera se hace más corta si la comida llega. Si la comida alimenta.

El trasfondo social es sencillo de encontrar si se piensa en la importancia que la gastronomía supone para la cultura de un país. Las comidas son quizá uno de los rituales de reunión que más extendidos se encuentran en diversas culturas a lo largo del mundo. La gastronomía es nexo de unión de una cultura que comparte, se crea y construye en torno a las tradicionales históricas. Compartir comidas permite crear un vínculo social, grupal, que rompe con la individualidad de la persona y abre a compartir y sentir la vivencia compartida con el resto. Quizá este sea el mismo motivo por el cual la gastronomía es importante desde un punto de vista cultural. La gastronomía aporta riqueza y diversidad a la cultura y se diversifica en función de las costumbres, los métodos de preparación y los recursos naturales al alcance de la población. Y es realmente interesante observar como la cocina, como actividad creativa, supone una ocupación, y por lo tanto una desconexión que mantiene el pensamiento ocupado. La cocina es también una tarea que requiere unos anexos complementarios como son la compra de los materiales, la recolección de los condimentos campestres o incluso la pesca del pescado.

“Si me quedase quieto, moriría.”

Assad,  24 años

Y aquí radica una importancia vital. En occidente, focalizando en la situación actual que se vive en Europa, la respuesta humanitaria se basa, principalmente, en el asistencialismo paternalista. La comida se reparte de manera uniforme en lugar de promover alternativas que fomenten la autogestión. Se reparte la ropa en lugar de promover la creación de “tiendas sin dinero”, almacenes auto-gestionados o la asignación y establecimiento de estructuras en las que pudiesen participar activamente las personas refugiadas. Por supuesto, esto se realiza en algunos lugares como los squats autogestionados, espacios como el Hotel City Plaza y casos muy (demasiados) concretos. La autogestión y el establecimiento de una red creada por y para las personas que necesitan ayuda para gestionar y rentabilizar los recursos que llegan de fuera no interesan desde un punto de vista asistencial porque un pueblo auto-gestionado es un pueblo libre. Y, a pesar de lo que se pueda creer en el resto de Europa, los campos de refugiados en Grecia distan mucho de ser espacios libres y participativos; en muchos casos se asemejan más bien a los llamados “campos de concentración”, con personas recluidas, esperando sin futuro, sin recursos, sin poder…sin comida. La ocupación que supone cocinar alimenta la sensación de utilidad, practicidad y sentido de la existencia cuando todo se ha perdido. Las mujeres asumen una responsabilidad que les proporciona un poder, una función (a pesar de que esta sea consecuencia de una sociedad patriarcal), una utilidad. No hay nada más triste que morir a la espera, sin tomar parte, sin hacer, sin reaccionar. Y aquí, en Grecia, hay muchas personas refugiadas que mueren en vida. Esperando un tuper preparado de comida que no llega, que llega fría, sin sabor ni olor ni alimento. Que no engorda ni nutre. Que no llena. Miles de personas esperan. Y esperan, y esperan.

Esperar. La mejor manera de morir en vida; en una vida desgarradora que te recuerda los momentos pasados sin la vía posible de huída. Para huir, debes dejar de pensar. Para dejar de pensar, debes ocuparte. Para ocuparte…bien: esperar mata; porque las garras del reloj rompen los atisbos de esperanza que se vislumbraban a lo lejos al cruzar el Mar Mediterráneo.

Y entre tanto, tu comida. La que te conecta a tu gente, a tu tierra, a tus raíces y a al lugar que te ha visto crecer, vivir, posiblemente que te ha construido y al que recurre tu memoria para encontrar la paz. Esa comida que ocupa, que interesa, que reúne, y une. Esa comida que sabe, que resulta deliciosa cuando todo alrededor parece roto. Cuando TODO está roto. Y entonces, la comida.

Esa comida que alimenta.

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