La fruta prohibida siempre tuvo forma de mujer

En la sala dedicada al “hombre” del Museo de Ciencias Naturales en Madrid, dos esqueletos humanos, correspondientes a una mujer y un hombre de mediana estatura, posan dentro de una vitrina en el centro de la sala. Quienes hayan estado allí, sabrán que la sala está repleta de “trofeos” cazados por el hombre, o muchos hombres, incluso alguna mujer si me apuras, que fueron donados posteriormente al museo para su exposición. Mapas, cuadros, libros, microscopios…innumerables artilugios ligados al mundo de la ciencia, unidos a la curiosidad infinita del hombre por descubrir y analizar todo lo que le rodea. Y en el centro, en la vitrina, la manzana. Esta vez sí, un elemento que única y exclusivamente va dirigido a la mujer. Un guiño de la ciencia a su archi-enemiga la iglesia. Un museo de la evolución mostrando triunfante la imagen más conocida de la historia del creacionismo; Adam y Eva. La serpiente. La manzana, por supuesto.

La fruta prohibida.

Y es que, si en algo se ha sostenido el peso de la humanidad, la culpabilidad eterna, el pecado que jamás será perdonado; es sin duda alguna en la manzana prohibida. El fruto que nunca debió ser cogido, la única desgracia que amenazaba a los hombres en el paraíso, lo único que no debía ser curioseado. Lo que Eva desobedeció. La expulsión del Paraíso. la condena eterna por sus pecados. Una imagen que, a lo largo de los años, se ha construido como parte de la feminidad y que ha supuesto un peso jamás desahogado. Teniendo en cuenta que vivimos en una tradición judeo cristiana, que determina y marca muchos de nuestros hábitos y costumbres, sería acertado suponer que la iglesia y su construcción social de la mujer en base al pecado formar parte de un sistema patriarcal que arremete de lleno contra nosotras.

La fruta prohibida, tuvo entonces forma de mujer. Desde el principio, además. Porque resultó ser una muestra de la amenaza que suponía la figura de la mujer: pecado, lujuria, falta de razón. Y así, se reprimió su expresión porque de otro modo, provocaría la locura colectiva. Así, bajo esas premisas, se suprimieron sus deseos, sus intenciones, cualquier actividad que pudiera denotar autonomía propia.

Y, de pecadora, pasó a ser pecado.

Poco a poco, el avance de las civilizaciones occidentales y el auge del capitalismo, fueron dando paso a una supuesta liberación sexual femenina. Una liberación que seguía siendo fruto y merced de los hombres, pero que tenía (y tiene) forma de mujer. La mujer, ente abstracto que se dice sin nombre propio ni adjetivos personales, figura y forma que aparece en el inconsciente colectivo ajustada a los cánones y marcas establecidas, toma forma. Forma de fruta prohibida. Forma de deseo, de lujuria, de sexualidad. Forma de objeto. Y su evolución social, histórica y cultural la transforma de sujeto desobediente que debe ser castigado, a objeto lujurioso que puede ser poseído.

Hace unas semanas, ojeando una revista de tirada regional, me encontré con una imagen que, de no ser revisada, podría resultar aparentemente normal. En ella, aparecían cuatro personas. Tres hombres, de los cuales solo se advertía un torso desnudo y musculoso, y una mujer, que se encontraba en el centro de la escena, semidesnuda también. Los tres hombres se giraban hacia ella, mostrando deseo en un aparente acto sexual. Ella, con cara de placer, posaba en el medio de la imagen, de espalda a ellos, de cara al público. Ellos, en cambio, se orientaban hacia ella. Ni siquiera todas sus caras (las de ellos) eran visibles. Al pie de la fotografía, el lema citaba:

“La fruta prohibida… no es una manzana”.

Frase que parecía dar rienda suelta a la imaginación; a una fantasía revelada. Resulta que parecía ser el cuerpo de la mujer, ese sujeto ausente que se encontraba en el centro de la escena, la que pasaba a ser entendida como el fruto del deseo. Aunque supongo que interpretaciones habrá muchas y que lo que para mí resultaba sutil pero a la vez evidente, mucho(a)s lo verían como algo ajeno e insignificante. El caso es que el lenguaje simbólico, el no verbal, el que las palabras no dicen pero señalan; eso que vemos en los anuncios o en los colores de lo que compramos, parece significativo aunque no determinante. El caso es que, en mi opinión, creo que estos mensajes no tan sutiles que se nos mandan a través de la prensa, los medios y cualquier otro tipo de imagen visual, nos afectan a la hora de entender el mundo y las relaciones humanas.

Entre el mensaje sexista y homófobo (por eso de que los hombres parecen querer únicamente mostrar su deseo hacia la mujer, y no entre ellos), cabe destacar un pequeño detalle que a muchos quizá les pase desapercibido. Han sido relativamente frecuentes las noticias, en los últimos años relacionadas con agresiones sexuales múltiples en las que la víctima ha sido puesta en duda. Entre uno de los argumentos, porque ella podría tener sexo con más de un hombre a la vez y porque, si ellos son atractivos, entonces parece haber una regla genérica mundial que impide que cometan una agresión. Esto no me lo invento yo, y son argumentos que se han dado en los juicios por parte de la defensa de los agresores de Julio de 2016 en Pamplona. Y aquí es donde muchos hacen alarde del “feminismo monacal”.

Bien, aclaremos conceptos. Como sexóloga, apoyo y fomento el autoconocimiento y la alimentación del deseo sexual de las mujeres como sujetas activas y dueñas de su propio placer. Creo que se ha despojado a las mismas durante demasiado tiempo de su deseo sexual, y ahora (y siempre) es el momento de conocerse y brindarse los placeres y fantasías que cada cual quiera. Sana y libremente. Con un sexo consentido, entre iguales y deseado. Pero voy más allá. Y voy, en contraposición, a la imagen que se proyecta en  diversos modelos de sexualidad femenina como modo de liberación y emancipación sexual. El caso es que en nombre de la liberación sexual femenina, se ha utilizado la figura de esta como sujeto no activo, más bien objeto, al que asociar determinados roles y estereotipos que, lejos de salirse de los tradicionalmente estipulados, se amolda y atiene a unos nuevos que no digo más, pero sí, asfixiantes. Se proyecta la imagen de mujer objeto que desea ser deseada, que cumple los cánones de belleza que se requieren y que forma tríos, cuartetos, quintetos, orgías…con hombres. El sexo entre mujeres parece no existir -y si lo hace- es de una manera heterosexual, orientada más a la vivencia visual que esto provoca que al deseo que ellas mismas experimentan. Realmente, la fantasía sexual entre varios hombres con una mujer es viable, puede resultar muy placentera y, desde luego gratificante. Pero, tal como ocurre en cualquier relación sexual sana, esta debe ser placentera y deseada para todas las partes. La práctica BDSM es un fascinante mundo dentro del sexo; pero las imágenes proyectadas sobre ella como 50 Sombras de Grey, fomentan un tipo de relaciones dependientes y subordinadas que se alejan mucho de lo que en realidad consiste la práctica en sí: consensuada y libre. Las fantasías que los medios muestran con mujeres guardan semejanzas parecidas: lo que muestran puede resultar una fantasía realmente placentera; pero la manera en que se muestra resulta sexista, reflejo de subordinación y desigualdad, y una imagen poco emancipadora si de derechos sexuales femeninos hablamos.

Lo que quiero decir con esto es que, a pesar de que las fantasías puedan resultar placenteras, la manera y el foco al que se dirige la luz en su exposición resultan determinantes a la hora de calar en el subconsciente social, transmitir un mensaje y provocar cambios-o no- en nuestra manera de concebir el mundo. Y aquí es donde entra esa concepción que la sociedad genera y construye a partir de esas imágenes. Que una mujer pueda poseer la fantasía sexual de montárselo con tres, cuatro o cinco hombres, es totalmente lícita, libre de prejuicios y, por supuesto, muy placentera. Pero la relación intrínsecamente directa que se realiza en el subconsciente colectivo cuando se produce una agresión como la de San Fermines, con el deseo sexual de una mujer que quiera acostarse con varios hombres es, sin duda, deleznable. Y es curioso, porque aquellos argumentos que aprovechan a señalar que “quizá ella quería”, se olvidan de lo más importante: las formas, el modo, que la fantasía puede hacerse realidad, pero siempre y cuando sea deseada y consensuada por todas las partes implicadas. Y aquí es donde interviene la imagen que los medios nos muestran de la liberación femenina: esa imagen que pretende poner el foco en la cantidad y variedad de las relaciones sexuales que puede mantener una mujer, pero que se olvida que vivimos en una sociedad que sigue sentenciando como puta a quien lo practica. Y es aquí donde radica la importancia que las imágenes que percibimos cada día nos determinan: cómo se concibe el sexo, y cómo se asimila el papel y la función que la mujer desempeña en él. Pareciese que, que una mujer quisiera participar en una relación sexual con varios hombres ya significara un pasaje en blanco a una atracción turística. Y no. Hay unas condiciones, y hay unas libertades. Hay unos límites. Además de que hay un deseo, y que, si falta este, el resto carece de sentido. Y esto es difícil de entender, porque se nos vende la imagen de cuerpo femenino como deseado, y no como deseante; como objeto, y no como sujeto. Pero lo más importante es que, en toda base y todo trasfondo: hay un final. Y este punto marca la relación. Lo que sigue al final estipulado, y no se ha consensuado, no es sexo; y no hace falta ponerle palabras.

El final de la relación: dejar de ser mujer para convertirse en manzana; que no elige, ni desea, ni decide. O lo hace -según el patriarcado- restringiendo su deseo referente a lo masculino. La imagen, el texto y el significado, que podrían haber cambiado claramente si el contexto fuera diferente, me llevaron a escribir a la redacción de la revista; porque vivimos en una sociedad sexista y los mensajes, aunque resulten progresistas en su intención, se leen e interpretan desde una cultura patriarcal.

Y os animo a realizar lo mismo; denunciar y señalar el sexismo en los anuncios, revistas, etc. Si no pongo el nombre ni enlace de la revista ni del producto es porque, por suerte, la respuesta fue muy positiva; y después de pedir disculpas, la redacción, así como la empresa, se comprometieron a cambiar la imagen y el diseño del anuncio.

 

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