Vivir viajando

Viajar nos permite conocer lugares, monumentos, plazas, castillos, ríos, montañas, gente. Pero, quizá lo más importante, viajar nos permite conocer experiencias, conocer-nos. Cuando, después de unos años, visito una ciudad en la que estuve previamente, posiblemente no recuerde muchas de las imágenes que en su momento vi; posiblemente no me acuerde de la iglesia que se levantaba imponente, o del color de la fuente de en medio de la plaza. No importa. Los sitios no se van, no se pierden. las fotografías, ayudan en este proceso.

Pero el caso es que resulta complicado poner palabras a lo que vives en los sitios que visitas. Es fácil describir un lugar, o contar experiencias acerca de lo bonitas que eran sus calles; pero no es tan fácil ponerle palabra a la emoción. Darle forma con sonidos que dibujen en la imaginación de quien te escucha lo que, en ese lugar diferente en cielo y forma, has vivido. Y quizá esto sea lo que más difícil me resulta cuando me encuentro con alguien después de un viaje largo. Poder explicar con palabras formadas con cariño lo que, durante tanto tiempo, he vivido como diario. El diario de viaje que se convierte en una forma de vida. Una vida de viaje, un viaje diario.

Y es que, lo que en una experiencia corta contarías en cada detalle, en la larga se resbala. Las experiencias parecen perderse en el tiempo que discurre por el reloj. El reloj, que tantas veces has tenido que acostumbrarte a sus cambios horarios, de nuevo vuelve a estar a tu hora, esa en la que solías estar. Porque a veces, a pesar de que te amoldas, parece que nunca llegarás a sentirte en ese horario.

Te sientes más rica que cuando saliste. Has vuelto con una maleta medio-vacía, ligera de equipaje pero cargada de momentos. Es fácil poner a lavar la ropa que llega sucia, son meses sin poder tenderla en un sitio fijo. Pero es complicado sacar a relucir las palabras. Así que llegas, y las pones a remojo. Quizá prefieres consentir que ellas solas se ablanden y decidan salir; una a una, poco a poco.

La última vez que llegué de viaje, hablé poco. Escuchaba, aunque quizá tuviera mucho que decir -después de tantos meses sin vernos-. Pero de mi garganta no salía el sonido. No salía el momento en el que construir una frase que pudiera denotar lo que había sentido en todo ese tiempo. Supongo que el tiempo es efímero y que lo que parecía mucho, en realidad se limitaba a unos meses. Pero el peso constante de la manecilla, al final, te demuestra que los minutos pasan y que si no te agarras a ellos, estás perdida. Después, puedes recordarlos, pero en realidad no hay nada que pensar de algo que no has vivido.

A veces, hablo demasiado. Entonces me descubro callada y encuentro tranquila, en paz permanente. Saberse cómplice de una vivencia infinita, sentirse rica de momentos, vivirse lejana y pasajera en cualquier lugar del mundo. Indago en los pensamientos que me llevan por un laberinto plagado de palabras, de imágenes, de historias que no han sido contadas. Y ni siquiera sé si llegarán a serlo. Si, dentro de mi latirá la llama flamante que pida decir a gritos lo vivido. Bueno, mejor palabra a palabra, construyendo frases que resulten digeribles.

Porque al final, se trata de sentirse conectada. Y hablar, a veces me desconecta. Centrar el foco de atención en lo que sale de mi me aleja del que me escucha. Por eso debo estar preparada. Esperar el momento justo para poder hacerlo. Alimentar durante días, incluso semanas, las frases que saldrán de mi boca al contar cada experiencia; medir la vivencia. Compartir desde la complicidad, y no desde el deseo ansioso de contar lo que he vivido.

Y, para ello, la última vez, me hicieron falta semanas. Semanas que dieron forma a  mis palabras y cumplieron a la perfección el deseo íntimo de sentirme cómplice de mi propia vivencia.

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