Suspiros de Silencio

Te contaré una cosa.

A veces, las que más, me cuesta escribir aquí. Son muchas las reflexiones a las que llego, y enormemente vivaces que poco a poco se amontonan. Pero, a veces, no se ordenan. Y es que a veces se desfibrilan y se acumulan ingenuamente desordenadas en un espacio que parece no encontrarse habitado por nadie. Ni se miran, ni se sienten. ¿Qué hago con ellas? Las rebusco e intento darle forma, pero la forma se desespera si no tiene contenido. Poco puedo descubrir de algo que no me descubre a mí misma. Es sólo una vorágine de pensamientos inconexos que me señalan lo mucho-o poco que he descansado mi mente. Y dejo que fluya porque se acumula extraño en un precipicio que se forma justo en la línea que lleva al final de los sueños. En ese momento en que el filo se presenta como seguir, o estar perdida.

Me cuesta recorrer el sendero que se desarrolla cerca del acantilado, allá donde el aire me empuja con fuerza y el pelo se me mete en la boca. Es, en ese momento, dónde me cuesta volver a pisar con fuerza.

Adoro leer y escribir desde que tengo uso de razón. Pero la diferencia con esto, es que siempre ha sido privado. Mis pensamientos tomaban forma en un papel de una manera abstracta y serena, sin la aprobación ajena, amontonándose desordenados al borde de los márgenes; sin medidas, sin ninguna pauta que demarcara su existencia. Escritura como modo de vida. Esa vida que me permite desgranar los momentos y despiezarlos para sacarles el jugo que, sabroso, saboreo entre mis labios. La voz que me habla desde dentro se me antoja clara, despistada a veces, pero siempre intuitiva. Coloreada con la sal de los momentos que vivimos juntas y saliendo de las profundas oscuridades cuando tengo miedo. No vale, me dice, que tires la toalla. Y quizá esa sea la razón principal por la que siempre, y no solo a veces, escucho su melodía latiendo dentro.

Poco puedo decir aparte de lo que siento. En realidad, nunca me he planteado vivir escribiendo acerca de los consejos que podría darle a otras. Supongo que ese es el motivo principal por el que no consigo llevar a cabo el proyecto perfecto, el coaching ideal ni la idea abrasadora por la que cientos de personas decidirán seguir lo que escribo. He conocido en mi camino a muchas personas con blogs de viajes, blogs de autoconocimiento, o autoayuda. Personas que son capaces de sintetizar sus vivencias y sus pensamientos en un escrito que compartir al mundo; decirle al resto cómo se puede hacer, decir, sentir…y vivir. Y me siento profundamente agradecida a todas aquellas que son capaces de encontrar, por escasa que sea, su esencia en esa ímpetu gloriosa. Yo no soy capaz.

Las palabras se me aturrullan antes de salir por mi boca como si nunca hubiese articulado palabra. Me limito a escribir lo que siento, lo que he vivido, pero no va más allá. Poco queda de una despilfarradora charlatana que cuenta su vida porque se siente tan segura de ella que ésta misma podría servirle al resto de inspiración. No me salen las palabras al contarte mi experiencia como algo de lo que se pueda aprender; y todo esto a sabiendas que seguro alguien pueda aprender, y encontrar el sustrato necesario para poder florecer. A veces, siento que sólo pudiera salir mierda en forma de palabras. Pero incluso la mierda se utiliza de abono para las flores. Y supongo que ese es el miedo, el bloqueo que muchas sentimos al escribir; el pensar que nadie va a leer tus escritos, y que a nadie pueda interesarle lo que este cuerpecito vibra por dentro.

Y aquí, quizá, es donde me equivoque. Y puede que sea tan ingenua que la equivocación no sea más que una profunda certeza. Pero algo, supongo que esa pequeña angustia de no querer sentirme sola en todo el mundo, me lleva siempre, tras un tiempo de reflexión, a escribir de nuevo aquí. Supongo que con la idea de encontrar un trocito en el mundo. Que este oscuro proceso de globalización sirva para algo y pueda al menos conectarme con alguien que no veo, que no siento, que no existe para mí; pero que se sienta como yo, en sus vidas y venidas. Y entonces, me recuerdo a mí misma mientras enjuago nerviosa las páginas con tinta oscura, entonces habrá merecido la pena, y habrá servido de algo.

 

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