Hacia mi ruta salvaje

En tan solo dos días, me he leído el libro de la aventura de Chris McCandless. La tarde en que lo terminé, ayer mismo, estuve dos horas emocionada ante la pantalla del ordenador, con la mirada atenta al chico que interpretó al personaje en la película “Into the Wild”.

Lo curioso es que no me esperaba nada de lo que sucedió. Imaginaba una historia ficticia, llena de ilusiones y de vibraciones viajeras. Me esperaba alguna historia que rozara el romanticismo, la esperanza imaginativa de una vida mejor, una vuelta al mundo, un suceso inspirador, pero no aislado del resto. O puede que no me esperase nada, y que de ahí, todo lo que me sorprendió. Conocí la película hace unos años, y quedó en mi lista de vistas pendientes. No soy muy aficionada al cine, así que no es extraño que esto fuese hace al menos cinco años. Después, la película fue cogiendo peso porque algunas personas cercanas me hablaron de ella. La tenía guardada en la memoria USB, pero si bien antes no la había visto por falta de interés; ahora no la veía por lo contrario. Esperaba quizá el momento adecuado para poder sumergirme de lleno. Pero tampoco esperaba nada, y es por eso que escribo esto. Creo que es una película que debe verse desde el respeto, y no a la ligera.

Hace dos días, me encontré por casualidad con el libro. Y, curiosa, decidí cogerlo para leérmelo antes de ver la película (maldita friki). Y ese mismo día por la noche, comencé a leerlo. El pulso se me congeló cuando leí las primeras frases. Ni siquiera había imaginado que esa podía ser la historia. Ni siquiera eso cabía en mi cabeza. La muerte de Chris, su aparición en el autobús abandonado, me afectó de una manera impresionante. Tenía la vista fija en la hoja cuando, el frío recorrido de un escalofrío surcó mi espalda. Sí, de esos que llegan hasta la nuca y se esconden debajo de la piel para dejarme helada. Respiraba tranquila hasta entonces, cuando la angustia me trepaba por la garganta. No puedo explicar hoy por qué sucedió, pero tumbarme en la cama se me hacía efímero, como si el tiempo que quedaba se fuese esfumando a contrarreloj, rápido y diluido entre mis párpados. No quería cerrar los ojos, no quería que eso pasase. Creo que, por primera vez, me planteaba que pasara.

Es difícil de explicar, porque se siente tan dentro que parece perdido entre recuerdos que poco importan. Pero este recobra importancia, gana peso mientras otras cosas se hacen pequeñitas a su lado. Y al final todas estamos unida a ella. Mentiría si dijese que la muerte no es una compañera que me acompaña diaria. Se trata de un concepto que está ahí, como posibilidad remota entre los anhelos oscuros de un miedo que pretende incomodar la existencia. Pero quizá queda ahí, de ese modo, guardada como un paquete que espera ser abierto en su momento justo. No ahora. Por lo que se aparta inconsciente de la imaginación. Aparece, pero en otras formas y colores, en otros cuerpos y lamentos. Frágil pero segura; sencilla pero complicada. Imperfecta pero refinada en sus métodos. Abstracta y etérea. Pero, en realidad, nula. Y no se trataría de algo estremecedor si no fuese porque, en el fondo, su historia me recuerda que no soy inmortal. Algo que ya sabía, algo que nos rodea con un aura espectral pero que tendemos a evadir en la distancia. Ni siquiera se llama a algo que no sabemos cómo llamar. Y el caso es que creo que él, tampoco conocía su nombre.

Supongo que comenzar una aventura supone unos riesgos que superan a los que la aventurera imagina, o ni siquiera plantea. No sólo se trata de una experiencia, sino que el enfrentarme a novedades, extremos, cosas que ni siquiera consigo imaginar. Pero en realidad, nada de esto importa ahora. Lo que importa, lo que de verdad me estremece, es que hay posibilidades que ni siquiera llegamos a vislumbrar. Que existen futuros que no podemos controlar. Y que la maravilla de la vida está ahí donde podemos y queremos buscarla.


La angustia que me producía saber cual sería el final de aquel chico mientras leía la historia de su viaje, me producía una angustia vital, una inquina constante, ardiente, lastimera. Como quien anda, sin saberlo, hacia su propio fin. No sé cómo explicarlo.

Sé cómo explicar la experiencia que supone salir, volar, encontrarse y volver a pensar en la vida más allá de la imaginada. Cortar los hilos del pasado, de lo que ata y aprieta fuerte, para amarrar las vísceras de la amargura y la angustia, y empezar a vivir. Vivir con una emoción que no muere, que no se aquieta. Y sentir con la melancolía del presente más silencioso, suave y tierno que nunca has tenido. Aventurarte a la destreza de tu propia piel, del dulce cuento de tu voz y de las palabras que te dices al dormir.

No tener futuro, no tener un objetivo. Solo vivir.

Y esa luz que se enciende dentro se queda alumbrando todo lo que a partir de ahora conoces. Ya nada vuelve a ser como antes, ya nada se apaga. Brilla por dentro cargada de una especie de imaginativa creatividad que inunda los mares más profundos que antes quedaban vacíos. Mares que se han llenado con lágrimas, con suspiros de melancolía con la luz del sol que no brillaba cerca. Suaves brisas que suspiraban al oído las canciones de vida que tú misma querías tocar.

Y entonces, comienzas. Lo haces.

Sola. Reconforta el camino por descubrir, las metas diarias, el lujo constante de poder imaginar una sonrisa. La vida que late dentro al sentirse feliz. Y la libertad. Sobre todo la libertad.

El camino que se esfuerza en tomar forma y las alas que se despliegan junto a la mochila. El poder de cambiar de repente, de no señalar el camino de nadie, para nadie. Para una sola persona.

Y no avisar. La sensación de no mirar al pozo del que salí. Esa sensación guardada dentro, ese secreto que sólo tú (y yo) sabemos: el próximo lugar, la próxima vida. El caso es que me resuena dentro que no explicase a nadie cómo ni que haría en su nueva vida. Yo también he hecho viajes de un día para otro, sin explicar a nadie el recorrido. Solo volando. Y la libertad, esa libertad que fluye sola y despejada, no tiene nombre, ni color, ni forma porque tiene muchos nombres, muchos colores, muchas formas que se ajustan a cada momento, lugar y tiempo que se encuentra en el camino. Dios, es increíble esa sensación tan placentera.

Vivir desconectada del resto, no buscar más que el próximo sitio en que acampar, tirar el saco o mirar el cielo. Sin miedo a la noche, porque no es más que una parte del día. Con sueños por cumplir, en las ventanas diversas de la vida.

Y al final, todo pasa. Y el camino se queda ligeramente marcado en la roca roída, la libreta gastada, el autobús abandonado. Sumido en un profundo letargo que, a lo sumo, durará lo que dura la existencia efímera de los objetos mundanos. Una historia que desliza vida, pero que se acaba, como todas. No cabe final alternativo, no cabe la inmortalidad, sino tan solo en la memoria. Una memoria que olvidará, con el tiempo, la historia que sucedió por las que suceden cada día.

¿Tiene acaso importancia la vida más allá de sus sensaciones momentáneas? Al final, lo que marca y queda y no aprieta sino que suelta es la emoción sencilla y pasajera de la paz permanente. No ata la emoción que libera, que fluye y que suelta los miedos terrestres. Saborea el momento y le deja las migajas que sobran a la pena, la tristeza y la amargura que no quisieron salir del capazo. Y no duerme. No duerme si no es bajo las estrellas.

Supongo que al final, la historia de Chris no tiene, o tenía, importancia más que para él. Sus relatos eran escuetos, sus experiencias, para vivirlas en el momento. Ninguna marca, ninguna gran obra que dejar en herencia. Y, sin embargo, un gran legado. La importancia que esa misma historia, que podría pasar desapercibida, toma para el resto. Quizá fuera un chico normal, un aventurero más, una personas especial dentro de las especiales, alguien que decide salir de su bolo y vivir su vida desde la autodeterminación. Pero el simple hecho de que muriera por ello, de que se enfrentase a la cara más amarga de la vida con tan solo 24 años, resulta conmovedor. Suena hasta dentro la melodía de la vida que se aferra y que se suelta, sin un porvenir tranquilo. 

De ello podría deducir que la importancia que en la vida reside no es más que lo que podría dejar huella. ¿Para quién? Si al final la vida no es más que importante para aquella quien la vive, quien la experimenta. Y sus recuerdos, sus historias, no son más que inspiraciones pasajeras de vidas ajenas. Bonito, tierno, y quizá, incluso, altruista.

Y, sin embargo, qué fuerte es el sentimiento de no poder desaparecer sin un legado, sin una importancia, sin alguien que nos nombre. No poder desaparecer sin un pasado, sin dejar un rastro, aunque leve y pasajero, del transcurso de nuestros días. Con las venas llenas de vida y la cabeza llena de sueños. Dejar una alabanza a nuestras metas, al logro conseguido, a ese cálido abrazo que se da quien merece lo que tiene. El recuerdo de ese nombre, Alexander, que se consigue a base de esfuerzo y determinación. Pero, sobre todo, de determinación y libertad.

Pero en cambio, me estremecía hasta el extremo, me debilitaba la idea de su vida; saber que su historia ocurrió de verdad, y no había sido una fantasía dibujada a manos de un literario. Y eso, sólo eso, me hacía temblar. Era como si el sentimiento, la fuerza de aquella destreza vivida en Alaska, me inundara, se entrometiese en mis huesos y tambalease mi existencia. No dejaba más que un rastro tras de sí, y no crecía más que lo necesario. Daba su aliento en mi pecho como si me contase su historia de lleno, directa desde el corazón de quien la vive y la transmite con silencios y miradas.

Tal vez sólo me emocionase lo que a tantas otras personas ha emocionado. Y ni siquiera fuera especial que su aventura traspasase los umbrales de mi cuerpo. A lo mejor se trataba, incluso, de un efecto habitual en quien lee la historia, se nutre de su camino, y lo toma como consejo. ¿Consejo a morir? Pensarán muchos; y la respuesta no se encuentra más alejada. Consejo a vivir, a vivir con la sensación certera de la vida más absoluta. Y aún así, ¿Merece la pena? Sí, si la vida te va en ello. Y sólo comprendes que, en el camino, la única dueña eres tú.

Y a lo mejor, es algo más. Chris murió el mismo día de mi nacimiento, un año antes. Y así, en ese pequeño abismo atemporal que se conforma entre los días, me sobrecoge pensarlo. Me sobrecoge haber llegado al mundo en esa fecha. Un día en que mucha gente lo hizo, por otro lado. Pero justo ese día. Y solo hay un día en el que sucede, de los 365 que le rondan. Podría haber sido otro, pero fue un 18. Y me quedo congelada pero a la vez, intentando recobrar la razón, jugueteo con las palabras que se dibujan en mi cabeza.

Su historia, me ha sentido dentro como antes pocas-o ninguna, lo había hecho. Se sobrecoge en cada suspiro, y se adueña de mi ser con cada recuerdo. Me acongoja, a la vez que me sacude, su esencia. Y me fascinan sus ilusiones, sus intenciones y su autonomía.

Y me planteo si hubiera sido una mujer, aunque sé que él no debía haberlo sido. Pero mi cabeza vaga por la imagen de dormir, alejada del mundo bajo el manto de estrellas, y no puedo evitar pensar que si lo hiciese, lo haría vestida de hombre. Nunca hasta ahora he dormido en la calle sola, en ninguna de mis aventuras. Algo que, por otro lado, resulta evidente pero desolador, si pienso en la puerta que se me cierra de manera casi instantánea.

Por otro lado pienso en la importancia que, al final, recorre el individuo y le priva de su esencia. Cómo nos importa la historia de nuestra vida cuando, al final, todos y todas tenemos una. Y eso es lo que nos hace comunes; aunque a la vez nos hace diferentes. Especiales.

Se supone que no tendría porqué tener una mayor importancia, y al final la tiene. Porque en el período de vida en el que pasa en la tierra, se siente y se vive de una manera especial, solo única de aquella manera que se libera.

Al final, sólo se trata de escribir- a tinta o con silencios, mi propia historia.

09/02/17

2 comentarios en “Hacia mi ruta salvaje

  1. Te leo cada día un poco. Me encanta cómo escribes y cómo lo transmites. Me encantaría encontrarme contigo en algún viaje; puede que, si somos dos, podamos dormir bajo las estrellas 😊. De verdad, es un placer leerte.

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  2. Hola reina! Qué contenta me he puesto al leer tu comentario. Gracias, por leerme, por escribirme y por permitirme transmitirte :). Ojalá sí! Si es maravilloso viajar sola, hacerlo acompañada de personas bonitas, es precioso!
    Abrazos!

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