Identidad precaria

Hace unos meses, estuve trabajando. Ahorré lo suficiente para comprar algunas cosas que consideraba básicas, y emprendí mi viaje. Vivo desde hace unos meses con la mochila al hombro, descubriendo nuevos horizontes mundiales y personales. Pero viajamos de mochilero, con una mochila a la espalda, una cámara al hombro y un montón de kilómetros de viaje. Dos maletas que guardan toda nuestra vida.

Y hace poco, decidimos probar la aventura de workaway. Ya habíamos pasado pequeñas estancias en proyectos de esta plataforma, por lo que decidimos comenzar la aventura un poquito más extendida en el tiempo. Para quien no la conozca, Workaway es una plataforma de trabajo a cambio de alojamiento y comida. El intercambio se corresponde con un total de veinticinco horas a la semana, repartidas en turnos de 4-5 horas al día, cinco días a la semana. Se trata de una página web, con soporte mundial, que permite conectar a miles de personas de diferentes lugares tan solo a un clic. Puedes conectar con alguien de México, Argentina, Noruega o Japón. Resulta emocionante el poder del intercambio cultural, la aventura de enfrascarse en un nuevo país, una nueva cultural, un nuevo proyecto…una nueva familia. Lo que en principio resulta un intercambio de bienes no materiales, un trueque de capacidades y conexiones fugaces, una linda vía de romper barreras idiomáticas, culturales y mentales, se presupone la mayoría de las veces como un intercambio equitativo, soberano en ambas direcciones, una negociación sin medidas tangibles pero con límites seguros.

O al menos, así debería de ser.

Cuando le comunicas a tu familia una decisión así, la respuesta parece haber estado premeditada desde hace, al menos, un par de siglos: que si eso no es un voluntariado, que si es un trabajo mal pagado; que si yo trabajo cinco horas al día y me da no solo para pagar mi alquiler y comida, sino para vivir como yo quiero, que si no dejéis que os exploten, que si en el mundo hay gente muy interesada.

En nuestro caso, fue Holanda.

Y hoy, con la cabeza gacha y las piernas agazapadas de dolor, he llamado a casa de nuevo, buscando un consuelo infinito, una experimentada voz que me arañara lo que en un primer momento no vi, que se escondía en mi luz sin querer dar crédito. Necesitaba escuchar una voz suave de consuelo que se tornara en dulzura mundana para acomodar la sensación de vacío que dejaban las palabras que yo misma no podía decirme. Por suerte, todo ello ha venido libre de un “te lo dije”.

Llegamos a Holanda un 19 de Enero. Recuerdo que me bajé del autobús y sentí que el frío congelaba hasta la última parte de mi garganta. Sentía escalofríos fugaces por mi cuerpo, un nosequé que me dejaba paralizada con las manos y los pies jodidamente fríos. Podría decir hoy que sentí entonces una oleada intuitiva desesperadamente triste, pero también podría decir lo contrario y no cambiaría en absoluto la historia. Encabezamos el viaje con demasiadas barreras: Ámsterdam es muy caro, y la noche del viernes se acercaba cada vez más sigilosa. No pudimos encontrar nada que bajase de cien euros la noche, ni siquiera hostales en los que hoy dormimos por diez. Así que pasamos la noche en una fría estación de tren, esperando el primer servicio de la mañana, luchando contra el sueño porque, como toda viajera que se preste, sabíamos que en la estación de Amsterdam no se puede dormir. Y si duermes, te echan. La estación es una estructura gigante llena de tiendas laterales, escaleras y grandes columnas centrales en torno a las que se arremolinan los únicos bancos, que rodean la columna: asientos sin respaldos de metal agujereado que hielan hasta el alma. Porque en la estación central de Amsterdam, no hay puertas, no está cerrada, no existe una barrera física que separe el interior de la estación con el exterior de las vías, a pesar de que circulan trenes durante toda la noche. Además, la estación de Amsterdam tiene servicios privados, por los que tienes que pagar -a pesar de haber pagado tu ticket de tren, para poder entrar. La estación central de Amsterdam es un espacio lujosamente diseñado para no satisfacer ninguna de las necesidades básicas humanas, vaya. Una estación totalmente anti-humana en una capital en la que las temperaturas invernales no superan los diez grados.

Y al fin, llegó la mañana, pudimos coger un tren que nos llevaría ciento sesenta kilómetros al norte a cambio de pagar 25 euros y hacer tres trasbordos. Una maravilla todo.

El lugar elegido había sido una granja. Una hermosa granja familiar anunciada en la plataforma como una adorable, casi lúdica y sencilla granja familiar. Un lugar del que no teníamos fotos, pero sí una fantástica referencia de una voluntaria española-casualmente, que decía haber vivido una experiencia maravillosa en aquel lugar. Su referencia fue maravillosa. Debo decir aquí que la primera decepción me la llevé mientras iba de camino allí. Miré por la ventanilla y pensé por favor que no sea ahí y sí, era ahí. Una construcción en base rectangular, cuya inclinación del techo no superaba los treinta grados, se situaba en el centro de una gran explanada. Al rededor, bosque. Cuatro enorme depósitos metálicos, roídos por el tiempo, se encargaban de dar un aspecto lúgubre al entorno. Detrás de la edificación, se levantaban numerosas montañas de mierda cuya acumulación no parecía reciente.

Creo que el primer aspecto que me llamó la atención en positivo fue el hecho de que la habitación en la que dormíamos se encontraba en el techo del establo, por lo que resultaba tremendamente agradable convivir en una relación tan cercana con caballos, terneros o gatitos que deambulaban a la caza de algún ratón despistado.

Yo me encargaba de dar de comer, cambiar la paja del establo, proporcionar nueces y revisar las necesidades de caballos y terneros, lo que suponía un total de, aproximadamente, veintiún caballos y alrededor de treinta y cinco terneros, divididos en un total de veinticinco cuadras. Dos veces al día, lo cual suponía un total de aproximadamente, cinco horas al día. Mientras, otra de nosotras se encargaba de ordeñar. Ordeñar en contra de unos principios éticos y morales, además de una constante presión emocional por la situación de las vacas a las que se ordeñaba.

La granja, en su esencia, no tenía nada, pero NADA que ver con la amable y dulce granjita familiar expuesta en el anuncio. Tampoco con la referencia de aquella chica española, que nos contaba la felicidad que irradiaban los animales. Quizá esta chica solo hubiese visto a los caballos, y entonces podría entender su afirmación. Porque no puedo comprender qué felicidad siente una vaca que, junto a sus otras setenta y cinco compañeras, comparte un establo de cuatrocientos metros cuadrados¿? Un espacio en el que ni siquiera hay camas suficientes para todas, en el cual la mierda se acumula en el suelo a pesar de que existen rendijas que permiten que ésta se escurra entre los barrotes. Había un total de setenta y cuatro vacas lecheras, al menos otras ochenta que aún no se encontraban activas, y otras veinte que se encontraban preparadas para dar a luz a su primer ternero. Prefiero callar aquí porque me enervo demasiado detallando sistemáticamente cada aspecto que recuerdo de aquel sitio en el que las ratas tenían el tamaño de un gato mediano.

Soy demasiado animalista, me dirán algunos.

Voy a centrarme en otros aspectos que, más allá de lo que pueda parecer sutileza o no, sensibilidad o sugestión, son, en todo su engendro, un abuso. El proyecto en cuestión, lejos de ser una granja ecológica familiar, era una Granja, con nombre y apellidos-literal, afincada desde hace más de cuarenta años en el mismo lugar. La notable diferencia es que ahora, los dueños se encuentran mayores, y necesitan mano de obra ajena para poder seguir llevando el mismo proyecto que hace unos años llevaban sin problemas. Aquí es donde radica lo que diferencia-y no, lo que es un workaway- en su esencia, y lo que no lo es.

Un Workaway es un proyecto en el que una persona ofrece un sustento básico a cambio de una ayuda por parte de personas que deciden completar su viaje, su formación o su experiencia, con unas actividades complementarias. Podemos, incluso, llamarlo voluntariado. Un workaway no es- y mucho menos un voluntariado, una empresa de la que se saca un beneficio fijo y constante, notablemente marcado, a cambio de tener trabajadores a los que el único sueldo que se les ofrece es alojamiento (en la casa familiar) y comida. Esto es mano de obra barata, y la diferencia es claramente notable. Existe una clarividencia infinita entre un proyecto de creación común y crecimiento colectivo, y un proyecto de metodología constante y diaria, no sujeto a cambios ni variaciones, en el que se obtiene un beneficio del trabajo que otras están realizando para tu empresa. Por supuesto, sin un seguro médico, ningún tipo de contratación ni amparo legal.

Nos han pagado. Nos han pagado ciento cincuenta euros. Cincuenta euros a la semana. Cada semana hemos trabajado seis días, cinco horas diarias, con algunos días extra, llegando, incluso, a las ocho horas. Y aquí entra la controversia y la regla que se crea para ser demolida y el punto de inflexión que permite que tome lugar el aprovechamiento unidireccional. En principio, no tendrían que pagarnos. Pero nos ofrecen pagarnos algo de dinero. Un dinero simbólico por el trabajo realizado. Son cincuenta euros, aún cuando no deberían de pagarnos nada, porque así funciona workaway. Si queremos ganar más, podemos hacer trabajo extra.

Trabajo extra. Por supuesto, mi cabeza de persona civilizada que aún cree vivir en una sociedad asentada sobre los pilares del trabajo asalariado-por desgracia, imagina que esas horas extra, serán pagadas, no como un trabajo a la sociedad, con una cantidad de dinero ridícula; sino que serán remuneradas como trabajo dignificado, aún cuando esta expresión basta ahorrársela en un entorno sin ningún tipo de derechos laborales. Es decir, los cincuenta euros semanales por realizar un workaway consistente en el trabajo para una empresa, quizá salven la diferencia que se denota entre un voluntariado y trabajar a cambio de techo y comida para una empresa que da beneficios económicos. Por lo tanto, las horas extra, deberían ser pagadas, en función a lo acorde con un salario mínimo.

Limpiamos durante una mañana entera la sala en la que dan a luz las vacas, debido a que tres de ellas habían muerto tras el parto en las últimas semanas. Limpiamos, durante una mañana entera, un establo cuyo olor era realmente nauseabundo, entre dos personas, y nos llevó más de cinco horas. Una limpieza a fondo llevada a cabo con ayuda de una máquina que no todo el mundo sabe manejar (aunque nosotros ya la habíamos utilizado antes). Un trabajo por el que se podría pagar más de cincuenta euros, sin duda. Y más en un país como Holanda, en el que el salario mínimo interprofesional supera con creces el de muchos países de la Europa occidental. Nos encargamos de ayudar, durante una mañana entera, y de manera logística, al personal veterinario que debía hacer revisión de los animales. Y así, al menos tres días a la semana, nuestro trabajo en la granja iba más allá del que supuestamente debíamos realizar.

Pero hubo días, en los que no nos importó. Debido a que nos pagarían dinero extra, y que ese dinero nos vendría muy bien. Por supuesto, en mis preferencias estaba descubrir Holanda antes que limpiar mierda de vaca, para ser sinceras. Y aquí es donde creo que la trampa se hace cuando se intercambian conceptos. Cuando realizas un voluntariado, conoces de sobra que no vas a recibir ningún tipo de remuneración económica. Tampoco la reclamas; por lo general, un voluntariado es gratificante y produce en ti una sensación de bienestar. No lo esperas, porque no necesitas esperarlo. Trabajar para una empresa, bajo el seudónimo de voluntariado, cuando en realidad es un trabajo mal pagado, es muy diferente. Y el hecho es que, debido a que no era necesario pagar ningún tipo de retribución (había escrito sueldo, pero me parecía insultante llamarlo a 50 euros a la semana), el hecho de que lo paguen, parece hacerles diferentes, como más bondadosos, como si se salieran de las reglas, como más justos y equitativos. Con Workaway no deberíamos de pagaros nada por cinco horas al día, pero nosotros lo hacemos. Y claro, la barra de medida del trabajo extra realizado, la realizan las mismas personas que estipulan que esos cincuenta euros se corresponden con el trabajo voluntario que estás haciendo para su empresa.  ¿El desenlace? Un día nos dieron las gracias; otro, nos dijeron que el trabajo había sido magnífico. Pero de trabajo pagado, ni un solo euro. Imagino que su idea de trabajo extra era pagar cien euros a la semana por ocho horas de trabajo diario, no pienso ni ponerle nombre a eso.

Por lo que nos encontramos ante la situación comprometida. Si acaso no debieran pagarte por las reglas de la plataforma, ¿cómo vas a reclamar un dinero que te corresponde? Claro, te enfrentas al terreno farragoso, se te declararía, incluso, arrogante. Porque reclamas una parte que, aunque consensuada en palabras, no están obligados a darte. La verdad es que mi percepción fue como si, Workaway fuese una agencia de trabajo temporal, que manda empleados no cualificados para trabajos mal pagados; si tienes suerte, quizá te paguen algo más. Bueno, el techo y la comida lo tienes asegurado. A pesar de que tuviéramos que comprar comida aparte porque, francamente, en ocasiones resultaba muy desagradable comer todos los días lo mismo.

Bueno, ¿porqué no os ibais? Sería lo más sencillo, ¿no? Pero el caso es que la precariedad ata, y más en un país como Holanda. ¿A dónde nos vamos? ¿A dormir en la calle en Ámsterdam? Las plataformas como Couchsurfing no parecían funcionar allí. Precisamente, planear un viaje no resulta de un día para otro, a no  ser que te eches a la aventura. Pero era difícil: llevábamos maletas para una larga temporada, pesadas; la última experiencia en Ámsterdam no ayudaba precisamente. A pesar de que no nos gustase, debemos planear el viaje, no queremos encontrarnos de nuevo con algo así.

Los días allí se hacían largos. La situación de los animales me resultaba angustiosa, asfixiante. Me sentía parte de algo que me aturrullaba la cabeza y me comía un poquito por dentro. Me pregunto cómo habría sucedido todo si hubiese estado sola. Creo que me habría supuesto un hoyo profundo. Como trabajaba principalmente en la parte de la granja que ella llevaba, pasaba mayor tiempo escuchándola. Había muchos días en los que me hacía comentarios desafortunados, intromisivos, de esos que te dejan helado sin saber qué contestar y con cara de tonta. Hubo un día en que me habló con desprecio. Me sentí como cuando un matón del cole te habla con desprecio. No me lo esperaba, no me lo creía, no supe reaccionar. Me hablaba con desprecio porque no había hecho un trabajo, porque no sabía como hacerlo; porque pretendía que recogiera las heces de un ternero con la mano. Ahora lo escribo, y me siento helada. Se lo dije después, al rato y acompañada. Por eso digo que no sé qué habría pasado de estar sola. Parece absurdo, pero me sentía un poco atrapada allí, creo que a ambos nos pasaba. Esa sensación de que algo te absorbe y no sabes cómo salir de ahí, del círculo vicioso y enfermizo que te resulta. Un día más, solo un día más. Y pagamos los cincuenta euros de vuelta, para el viaje.

Ni siquiera nos han dado las gracias. Les ha sentado mal que nos fuéramos, y para ello nos han dicho diferentes afirmaciones, desde que no les habíamos avisado con tiempo (a pesar de que lo dijimos hace una semana), hasta que no entendían qué queríamos, o si no éramos felices allí. En todo momento, hemos intentado ser amables, dejar las cosas tranquilas; al fin y al cabo, no nos serviría de nada salir de allí de malas maneras. Pero, en el último momento, la voz se rasga al reclamar lo que nos pertenece. Nosequé que pasa que nos calla, quizá su mirada, su palabra que resulta amenazante… ¿porqué ciertas personas nos callan así?

La he llamado. No podía poner un pie fuera de Ámsterdam sin decírselo. Sin decirle que no me parecía justo su trato, su manera de dirigirse a nosotros y su forma de aprovecharse de nuestro trabajo. En realidad, no ha servido de nada. Pero ahí le he dicho, y la angustia parece que afloja la correa un poco.

Y de nada sirve tampoco esta reflexión. ¿Acaso Workaway debería dejar de existir? No lo creo, se trata de una plataforma que puede albergar proyectos fantásticos. Quizá sí que debería de haber mayor seguimiento por parte de las personas que lo gestionan, un sistema de apoyo que permita conocer la realidad de los sitios que anuncian; unas normas básicas para las personas que hospedan a otras personas. Unas reglas de voluntariado.

Pero, si de algo sirve, es porque me sirve a mí. Supongo que, como todo en la vida, se aprende a base de rotura, los descosidos nos enseñan a coser mejor que cualquier costurera. Pero cuesta soltarlo, y por eso estoy escribiendo esto. Porque la capacidad de reclamar lo que es nuestro, nuestra propia autonomía, lo que nos corresponde, parece que nos la arrebataron en la infancia. Es como si esa lección se hubiese borrado del libro de enseñanza. Es como si debiésemos aceptar: ser joven es ser precario. Y entonces, todo a tu alrededor se mantiene firme en la idea de que tu condición se mantenga inamovible. Nos cuesta reclamar porque hemos nacido en un sistema que da menos a los que menos tienen, y más a LOS que MÁS tienen. Así, en masculino y con letra grande. Somos la juventud precaria, la adolescencia que surgió de la crisis, la que ha mamado desde la década del 2007 que debíamos buscar opciones alternativas. A la que no le quedan muchas más opciones que maleta al hombro y pasaporte de migrante. Y en parte, se nos ha negado un poquito esa auto-reafirmación que nos debería ser implícita como personas, como jóvenes, como personas formadas con una carrera profesional a la espalda.

Soy licenciada en Biología por la Universidad de Alcalá, tengo un máster en Sexología y Género por la URJC, y actualmente estudio una formación profesional de auxiliar veterinaria. Mi vida se ha deslizado entre la formación académica, la enseñanza universitaria y el aprendizaje personal. He trabajado como monitora de ocio y tiempo libre durante años, y soy voluntaria en diferentes organizaciones desde que tenía dieciséis años. Me he dedicado a la formación a través de diferentes plataformas en las que he participado, como Ecologistas en Acción o AEGI. He recibido formación adjunta a través de la escuela virtual de igualdad, el Instituto de la Mujer y diversas concejalías. He trabajado y dirigido proyectos en la Universidad, así como por cuenta propia. He colaborado en proyectos con el CSIC, Concejalías de Aytos y diferentes plataformas sociales. He trabajado para grandes empresas, en diferentes puestos de trabajo.

Pero, en cambio, soy precaria. Soy precaria porque nos quedan las migajas de una sociedad que piensa en modo adulto, en la que no parece haber sitio para la juventud. Juventud que nace y que no se desborda porque está limitada. Amigos que tienen que okupar para poder vivir, trabajar diez horas para poder subsistir. Y todo porque no se nos ha enseñado a reclamar lo nuestro; o porque ni siquiera-ni en este caso ni en muchos, sirve de nada hacerlo. Nuestras palabra se vuelven sonidos sordos, silencios absolutos, miradas ajenas.

Pero en ese hueco, lo que nos queda es reclamar. Reclamar porque sólo nosotras podemos eliminar el dolor que produce ser parte de una sociedad que te rechaza sin valorar tus capacidades. Testigos de una angustia que se sume en lo  profundo de la piel, y que emerge en cada poro con el sudor que no se reconoce. Soy de las que piensa que No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Y por eso, dedico y gasto mi dinero en un proyecto de vida que me permita vivir sin depender demasiado de los papelitos de colores.

Pero no nos engañemos, necesitar poco dinero para vivir, o creer en modelos de vida alternativos, no va unido a la precariedad.

Y menos, a la precariedad obligada. A agachar la cabeza cuando te sucumbe la fría realidad de no tener para vivir. Supone un reto constante, un camino de viaje, una libertad asegurada que late dentro, la de asegurarse un futuro digno. Porque al final, hablamos de un mundo que nos da las migajas de lo que concibe como dignidad. No se trata de una situación generalizada; se trata de una realidad que nos acarrean a la espalda, sin motivo aparente salvo ser hijas de la generación de los 90. Generaciones formadas, preparadas y dispuestas, trabajadoras sin reconocimiento.

Por eso es tan importante reclamar lo nuestro. Sacudirse los miedos-y las vergüenzas, y mirar a la cara al jefe, al workawayer, a la vida, o a quien sea.

Esto es mío. Mi vida, me pertenece. Mi tiempo, mi trabajo, es mío. Si lo quieres, valóralo. 

Lunes, 13 de Febrero de 2017

Un comentario en “Identidad precaria

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