Guárdame un poquito de tu tiempo

Escribir no siempre es fácil. Existen una serie de condicionantes, profundidades, ruidos y demás parafernalia que frena, en la mayoría de las ocasiones, el impulso de poder sentarse, escribir y ya. Sin nada más. Solo eso.

Pero, como este blog va de vida, de experiencias, y de tiempo, pues aquí lo que queda es afrontar lo que sucede sin descenso. Las últimas variaciones de mi vida han sido drásticas, contundentes y finitas. Tan finitas, que me hacen sentir que la infinidad que siento cuando escribo se empequeñece hasta prácticamente desaparecer en un suspiro. Bueno, un suspiro que se guarda dentro, como una llama parpadeante que se queda encendida hasta mitad de la noche. Hasta que aparece un nuevo día, y entonces la luz destella de nuevo. Sin florituras, el tiempo se me escapa de las manos últimamente gracias a las exigencias capitalistas de abastecimiento propio, por lo que no encuentro el tiempo, las fuerzas ni las herramientas para sentarme a escribir.

Triste, ¿no?

Supongo que existen momentos de todo tipo, y que éste no es más que uno de ellos. ¿Lo disfruto? Me pregunto siempre; por supuesto. De una manera u otra, de cualquiera de las maneras en que podría hacerlo, pero lo desgrano porque creo que aprendo con cada paso. Por certero, aburrido o rutinario que sea. Pienso mucho. En realidad, me paso las horas pensando. Y saco conclusiones más o menos acertadas que alimentan las ansias de crecimiento. Existen o no estrategias que me permiten hacer conexiones que en otros momentos resultarían impensables. El caso es que suceden, con frecuencia, de una manera casi automática, y se desvanecen con descaro ante mis ojos.

Trabaja, trabaja, trabaja.

Si disfruto de las temporadas en las que trabajo, es sencillamente porque no estoy acostumbrada a ello. Escribirlo me da pavor porque resulta lastimero pensar que podría ser lo contrario, que resultaría desgarrador que ocurriese algo diferente. No sé. Creo que se puede decidir el camino a seguir. Conozco a muchas personas como yo, y sin duda su ejemplo me lleva a tomarme más en serio el mío. No me paso el resto del tiempo haciendo nada; invierto el resto del tiempo en hacer las cosas que me gustan, que quiero, que me llenan; bajo la premisa de no depender de algo tan sistemático como el dinero.

Que sí, que el dinero es necesario. Y creéme que lo sé, no trabajaría ocho horas diarias en algo que no he decidido si no fuese por el dinero que me aportará, y la necesidad que tengo de éste para poder hacer aquello que me gusta, pero, ¿Acaso no es cínico concebir la idea de trabajo como pago por la vida? Quiero decir; un trabajo asalariado, lo único que nos da, en muchos casos -la mayoría- es la oportunidad de pagar los alimentos, el cobijo y los enseres que necesitamos para poder vivir…y seguir trabajando. Ridículo, ¿no? Se supone que podría ayudar a desarrollarte, pero el caso es que cerca del ochenta por ciento de los trabajos, principalmente en el sector servicios, tienen o muestran pocas oportunidades de desarrollo personal. ¿Acaso no debería ser el trabajo una herramienta liberadora, un espacio de crecimiento independiente de la necesidad de sobrevivir? Al menos, eso, de la necesidad de sobrevivir. Acaso…¿no debería dejar de ser trabajo?

Entre horas, minutos y relojes que parecen parar el tiempo, he concebido más que nunca que el trabajo es un modo de opresión basado en la dependencia del individuo sobre el sistema. Es una dependencia romántica, obsesiva, manipuladora. No se trata de entender el trabajo comprendido como una elección, o incluso una idea que puede desarrollarse en pro del desarrollo económico bajo una premisa libre. Es una permisividad sistemática que enorgullece a las personas que lo poseen, porque así nos educaron que fuera. Así, en periodos de crisis, se intensifica aún más este sentimiento. El concepto es abstracto, complicado de explicar con una sencilla retahíla de palabras. Nos sentimos orgullosos de tener un trabajo que no nos gusta, que nos explota, que se alimenta de nuestra vida y nuestro tiempo, porque nos permite seguir viviendo. Y aquí lo más importante; porque nos enseñaron que así era.

Es como si adorásemos a los dementores de Azkaban porque nos enseñaron que eran algo positivo, a pesar de que en su presencia, nuestras emociones a su lado, se desvanezcan. Exagerada, ¿no?

Bueno, piensa cuantas horas al día dedicas al trabajo. Piensa en lo que te gusta de ello. Piensa en las cosas que querrías hacer, y no haces.

Pero la educación es aquí tan importante que admitimos la realidad como única y verdadera, salimos del imaginario idílico de una situación compleja, y nos adentramos en el mundo abstracto que nos inyectaron en las venas. Bajo el nombre de trabajo asalariado, el calificativo de cualificación, la premisa de la necesidad y-aquí lo más importante- la dependencia de la dignidad.

Porque si algo resulta rematadamente rebuscado, confuso y embrollado, es la concepción de que el trabajo asalariado dignifica a las personas, las sume en una áurea de dignidad y bondad que les lleva hacia el cielo. En una sociedad con una herencia judeo-cristiana encaja a la perfección. No importa lo que trabajes, no importa que el trabajo se alimente de tus buenos recuerdos, de tu felicidad-como los dementores, ¿recuerdas?- porque te dignifica. Porque no pasarás un solo día más de tu aburrida vida tirado en el sofá viendo pasar el tiempo; harás algo; ganarás dinero para pagar ese sofá en el que no te sientas. Algo es algo. Al menos tienes un sofá.

Y quizá el problema es ese, el concepto creado y maquillado como dignidad que no es más que el neo-modo de llamar a la esperanza ciega. Esa esperanza que se vendía bajo la religión en forma de cielo eterno y vida más allá de la muerte. Esa esperanza que se vende bajo el trabajo que te ocupa pero te hace ser alguien en la vida, en la sociedad y en tu ser mismo. En ser tú mismo.

Quizá el problema es que concebimos que malgastar ocho horas diarias atendiendo a personas que no nos aportan, repartiendo platos que detestamos, o haciendo cualquier otro tipo de actividad, nos sume en una especie de nube de bondad y buenismo laboral, dignidad humana que no le sucede a alguien que vende diez gramos de marihuana. El caso es que después, utilizamos el dinero del sueldo para pagar la marihuana que nos fumamos para evadir la realidad a la que debemos enfrentarnos al día siguiente. ¿En serio?

Vale, es sencillo de decir. Ni siquiera yo estoy segura de lo que puedo hacer para cambiarlo, a pesar de que estas palabras caen a plomo en mi cabeza. No sé, acaso puede ser que exista solución, pero que no sea ni mucho menos inmediata, drástica. El caso es que la hay, ¿no? ¿Acaso no la tienen las personas que conozco? ¿Acaso no la tienen aquellas que reúnen dinero suficiente y se embarcan en un nuevo viaje? Supongo que sí, aunque el precio a pagar no siempre es sencillo. Y parece que ser errante te borra automáticamente del derecho a un cálido hogar en el que cobijarte por una larga temporada.

Tal vez sea solo una reflexión. A mí me gusta más llamarlo una forma de vida. Tal vez es, al final, lo importante, lo que elijas que quieres ser y -cómo- serlo. La pregunta, es sencilla, ¿lo quieres? Lo que estás haciendo, digo. Al menos, plantearnos la idea que nos vendieron, y hacer con ella lo que nos plazca. Dejar de vender nuestro tiempo, el más preciado que nunca vuelve, al imperio capital que quieren construir.

Vamos a guardar un poquito para nosotros.

 

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