Camino

Camino, y me sigue los pasos el transcurso del tiempo. No podría enumerar una sola razón por la que estoy aquí, solo que lo decidí en el momento justo. Han pasado seis días, prácticamente una semana entera. El tiempo es benévolo para tratarse de Galicia, a miña terra que me acolleu, y los días se hacen cada vez más cortos. Más livianos ahuyentados por el manto frío del invierno. Pronto se vestirá de blanco, de días fríos, de viento helado. Hoy, por el contrario, aún sopla la brisa no tan calmada de finales del otoño. Es noviembre, un noviembre sorprendentemente cálido para tratarse del norte. Tan solo hace un mes que me bañé en la playa. El tiempo está loco.

Si me pongo en situación no puedo más que complacer el relato con la historia del momento. Sin pasado, ni futuro. Un presente que se extiende finito y delicioso ante la mirada atenta del tiempo. Hace varios días que cogí la mochila, y me adentré en el camino. Dos mudas, unas botas de montaña y un saco de dormir han conformado mi vida, maleta y cobijo durante la semana. No es que sea poco tiempo, es que era el necesario para cruzar Galicia a pie hacia el norte, en un total de algo más de cien kilómetros que me separaban de Santiago. Un total de tiempo de descanso y paz. De anhelo y esperanza. De remanso de calma.

El camino portugués se extiende entre praderas y pueblos, puertos e incluso montañas, bosques y llanuras. Es frondoso, lúcido y alegre. Es cansado. La trayectoria ha sido a veces dura, la lluvia nos ha cogido por sorpresa en más de una ocasión. ¿Nos ha cogido? Somos pocos haciendo el camino. En total, unas seis personas que nos encontramos casi a diario en el siguiente albergue. Es algo que me proporciona confianza, seguridad. Es como estar acompañada por gente que no te acompaña. Cenamos juntos, compartimos momentos de risas, partes del camino, descansos e incluso comidas. Poco más allá de gestos no verbales pues el idioma no supone una barrera. Hay una pareja de alemanes, jóvenes, que comenzaron a seguirnos la pista hace tres días. Otro chico y su padre caminan desde Porto. Podría decir que somos más, pero en realidad las otras dos personas que nos acompañan, hace días que nos cogieron delantera, y deben de encontrarse cerca de la llegada. No sé, en realidad es es extraño porque ni siquiera confío en que ninguno realice el camino con una motivación espiritual; sin embargo es brillante la manera de afrontarlo.

La compañía se agradece a veces, resulta placentero tener alguien con quien compartir, jugar una partida de cartas a la noche cerca de la chimenea, o reír cuando ocurre alguna inesperada pequeña desgracia. Pero me gusta ir sola.

El camino se hace liviano, se decora con alegres tonalidades, pensamientos que inundan mi mente por un segundo para después salvaguardarse en la memoria y dejar paso a la imagen que acaba de ocupar mi mente: la montaña que se alza al frente, el valle que se ve desde el puente, el mar, a lo lejos, que se muestra impasivo y solemne. Universos de colores inundando los escenarios de cada día, de cada momento. Un verde brillante, mojado por la lluvia que calló anoche, acallando la pisadas sobre el barro porque el cielo, que siempre vuelve a ser azul, brilla de nuevo dándonos un suspiro en la tormenta.

Aquella carretera que separaba el final del sendero, y el comienzo del camino al otro lado del campo, antes de llegar a la siguiente parada. Aquella taberna de carretera que parecía concebir la travesía como parte de su vida y sin embargo, la mujer que me miraba incrédula porque temía por mi vida. Era demasiado para ella, no quería pensar en que viajaba sola. Supongo que no era la primera que veía, y tampoco a la que dejaba de ver. Desgraciadamente las historias grises se empeñan en llenar los viajes de mujeres. Intenté tranquilizarla, y en su reflejo vi su cara como comprensión e infinita sororidad. El mayor gesto que podía ofrecerle era continuar el viaje. Una esperanza, una figura que pudiese ser digna de una continuidad y un futuro tildado de colores alegres.

La playa. Aquella playa infinita de la ría, dulcemente elaborada con delicadeza infinita, como pintada con pincel de seis milímetros, cuidadosamente escogidos los colores, las luces, las sombras, las ideas que se plasman en la mente al presenciar la imagen. Una ría omnipotente que se entremezcla con el cielo al llegar al horizonte que se junta con el mar. Un instante de luz y parsimonia que se asemeja a la vida cíclica, al instante cambiante, al momento presente que no quiere escaparse con el tiempo entre tus dedos. El puente que la cruza, sereno, elegante, efímero en el tiempo y la vida que se desvanece.

Thor jugando con las olas.

Las noches de pesadillas, que también las ha habido. El interminable momento de la salida del sol, del amanecer siguiente del día que no parece haberse detenido. El insomnio. Al fin y al cabo es la primera vez que cojo una mochila y me voy sola. Ni siquiera he avisado a nadie más que mis compañeras de piso. Así lo sentía. ¿Me sentía libre? Supongo que mi manera de romper mis propias limitaciones, las reglas que me abarcan sin desearlo, sin pensarlo, sin escenificar de ningún modo que no sea el mío. Bueno, sé lo que hago, y mi camino lo marcan mis pasos.

El pueblo pesquero, las termas de agua caliente, el albergue que nos pasamos de largo y debieron venir a buscarnos. La luz del amanecer aquel día que no había salido el sol cuando nos levantamos. La pequeña estatuilla de una mujer peregrina. Los mensajes escritos con deseo y fuerza en cada concha del camino. La búsqueda de la siguiente flecha. Las risas escondidas tras la chimenea, las cenas. El descanso de sentirse acompaña a pesar de no conocerles. El día, la noche.

La primera imagen de la catedral alzándose a lo lejos, tranquila, como si hubiera estado allí esperándome toda la vida. Impasiva, paciente, serena. Gigantesca.

Thor, siempre Thor. A mi lado, tranquilo, con su paso alegre, su mirada de paz. Al acecho cuando un extraño se cruza conmigo, agresivo cuando cree verme en peligro. Dormido a mis pies, descansando tranquilo en mi regazo mientras las llamas de la hoguera se consumen por el frío. Siempre a mi lado. Acompañándome sin ninguna pretensión más que hacerlo en sí mismo. Buscando la paz en mi compañía, buscando la paz en la suya. Amigo de todos, motivo de sonrisas de medio lado y tiernos momentos de tintes melancólicos. En mis brazos en los momentos de cansancio absoluto. Sin duda el mejor compañero, porque me permite la mejor compañía.

La compañía propia.

Noviembre de 2015

#TravelAlone

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