La chica en llamas se quema definitivamente en Passengers.

No soy muy de cine la verdad. Me encanta leer y, hasta hace unos años, era casi incapaz de ver una película sin dormirme en la mitad. El caso es que en períodos de más cansancio sea físico, emocional o ambos, me defino más por tirarme, mantita, peli y sofá.

Y en estas, me da por verme sagas que me gustan una y otra y otra vez. Me encantan volver a ver películas que me proporcionan bienestar, que me transmiten viajes infinitos a mundos de aventuras y fantasía. Me flipan las películas de fin del mundo. El fantástico es otro género que me puede mantener pegada a la pantalla.

Así que me decidí a ver los juegos del hambre. Bueno, más allá de la historia adolescente y el dramático contenido amoroso, creo que hay nociones destacables de manera importante. La saga se basa en la narración de una distopía con unos matices muy amplios de subjetividad y ficciones creativas. En un mundo desigual, existen dos estratos sociales claramente diferenciados. Al más puro estilo Huxley, la narración presenta el mundo del Capitolio como una utopía de felicidad y abundancia en la que sus habitantes poseen todo cuanto desean, representan y ansían. Ciudadanas y ciudadanos extravagantes que no deben preocuparse por banales formas de productividad. Y, como mezclando realidades, por el contrario se encuentra la distopía reinante en los distritos colindantes, que, a semejanza de la obra de Orwel 1984, se encuentran vigilados por El Capitolio, explotados y controlados. En una demostración de fuerza y poder, el Capitolio manda cada año, en forma de tributos, dos jóvenes de cada distrito (mujer y hombre), a luchar contra otros tantos compañeros y compañeras de un total de doce distritos. Una vía de apaciguamiento de posibles revueltas y sublevaciones al régimen. Cada año, jóvenes de entre doce y diecinueve años se juegan su participación en los juegos.

La estrategia permite el control del eje central de la sociedad distópica sobre los distritos colindantes, puesto que sigue un modo de control dogmático y opresivo. Algo que me recuerda a estrategias de poder explicadas en la doctrina del shock, un documental que más que recomiendo. Una tradición simbólica pero cruel y sangrienta que permite mantener el odio mutuo entre los de la misma condición, en vez de ser enfocado hacia un único opresor. Con la diferencia de que, en este juego, existe la esperanza de seguir con vida; ya que una de las personas participantes puede salir airosa. Curiosa recompensa, ¿verdad? Pero el caso es que resulta completamente lógica la batalla encarnizada; pues lo político se convierte en personal, lo personal se hace vital. Y así, con el único incentivo de la vida, unos y otros se pelean hasta matar para lograr lo que ya tenían de antes: la vida. Enfrentamiento mutuo para evitar ella sublevación.

Y en estas, en la historia aparece una protagonista que planta cara a la tiranía del régimen. Un personaje que me atrae, me alumbra y me llena, desde un punto de vista cinematográfico, como personaje femenino en la película. Existen muchos motivos; pero el caso es que creo que no soy la única que piensa que, el personaje del sinsajo representa una mujer autónoma, independiente, valiente y capaz como no estamos acostumbradas a ver en el cine. Es un referente porque supone una imagen que no es, ni mucho menos, habitual para las mujeres.

Las razones se pueden resumir en torno a su personalidad, pues se trata de una joven con carácter agrio y maleducado para ser una mujer. Que reivindica sus derechos con descaro y emplea estrategias poco sutiles, sino más bien bastas y prepotentes para ser una mujer. Se deja llevar por impulsos, es contestona, no calla ante las injusticias, y actúa con soltura y descaro ante la tiranía del regimen. Se subleva, no sólo con palabras, sino con hechos y actitudes. Pero a la vez guarda atributos femeninos que no desprestigian (como si hacen otras mujeres heroínas) el papel tradicional de la mujer: es cuidadora y actúa como soporte y apoyo de otras mujeres más pequeñas. Ella no es la romántica en cuestiones de amor, y se declara firmemente defensora de la no maternidad. Sus prioridades se centran en su vida y la integridad de ésta, no en el amor y banalidades pasajeras. Es luchadora, fuerte, intrépida, valiente y decidida.

Pero la industria cinematográfica tiene que seguir vendiendo, por lo que su imagen sigue siendo estereotipada y ajustada a la belleza heteronormativa, el maquillaje y los trajes ajustados.

Los personajes femeninos con cargos de poder son abundantes de la película, y su repercusión es clave a la hora de determinarse el flujo de la historia. Podría decirse que pasa el Test de Bechtel con creces, pero es que además recoge una amplia gama de personalidad y desarrollos complejos de personajes que merece la pena observar.

Más allá de eso, los clichés no faltan. Pero el caso es que me gustó. Soy de las que se mete tanto en un libro, que le pongo cara y vida a los personaje. Y lo mismo -he de reconocer- me pasa con las películas. Me cuesta quitar las caras, me cuesta imaginarme otra ficción para ese personaje. Por lo que, si veo una película protagonizada por un actor que me ha gustado anteriormente, me animo a verla. Craso error. Resulta me engancho a personajes que entablan ideales que…destrozan en otras películas.

Y eso es lo que ha hecho Jennifer Lawerence en su nueva película: Passengers. 

Podría decir que merece la pena; pero la verdad es que pienso destriparla hasta dejarla sin chicha. Vaya tostón.

La historia comienza al más puro estilo americano. Nave espacial, viaje a mundo extraterrestre, el hombre colonizando planetas. Los robots, las máquinas, esos aparatos de acero y hierros fundido que nos salvarán la vida, fallan. O no, depende cómo se mire con el desarrollo del tiempo. Las más de cinco mil personas que viajan en la nave espacial deben despertarse de una hibernación temporal cuatro meses antes de aterrizar en el nuevo planeta. El caso es que deben dormir ciento veinte años para viajar hasta él, por lo que es un tiempo imposible de aguantar en una vida- de ahí, que les duerman. Todo cambia cuando Dios hace que un hombre se despierte. Su cápsula de hibernación falla, y se despierta noventa años antes de la llegada a la tierra prometida. Vaya, mala suerte. Se encuentra solo, triste y aburrido.

Y así, en un repentino alarde de su condición de macho, y al más puro estilo bibliano, actúa por sí mismo de Dios y decide que se aburre demasiado. Parece ser que Dios le puso Eva a Adán en el Paraíso, pero se olvidó de este pobre hombre perdido en el espacio, así que ya se toma él la libertad por su mano.

Obviamente, no con un compañero con el que jugar una pachanga, no con alguien viejo a quien le quede poca vida, no con un miembro de la tripulación que pueda ayudarle a remendar el error, no. Con ella. Con la chica. Con una belleza congelada (por eso de que está hibernando), mostrada en vitrina como objeto de adquisición (por eso de que está hibernando de nuevo), que ansía ser despertada por ese hombre. Por supuesto que no. Pero él decide despertarla, porque la necesita, porque se enamora perdidamente de ella en una mezcla de obsesión y amor posesivo, y decide que él es capaz de decidir sobre su vida.

Tiene importancia el detalle de que el no se plantee despertar a nadie más que no sea a ella. Porque el matiz sexual que presenta el asunto es de agárrate y no te muevas. No es compañía porque se aburra lo que él necesita: es que él necesita una muñeca. Una chica bonita con la que desfogar su deseo sexual, que es lo único que no podría hacer con otra persona que no le levantase la lívido-y lo que no es la lívido-. Porque otro hombre te hace compañía, pero no te da sexo. Y eso -todos sabemos- que es imprescindible para los hombres y no pueden vivir sin él – LEASE EL SARCASMO-. En fin, que la despierta decidiendo por ella que pasará el resto de su vida en aquella nave solitaria y abandonada en el espacio porque él se siente solo y necesita joderle la vida para poder vivir él. Qué poco posesivo. Por supuesto, todo esto dando por hecho que ella va a querer tener sexo con él, porque es así: no cabía la posibilidad de que fuera lesbiana y ella soñara con despertar a otra tía.

Y así se desarrolla una maravillosa y romántica historia de amor en la que ella se enamora perdidamente de él y le ve como la única persona que de verdad la ha hecho feliz en toda su vida. Porque parecía ser que ella pasaba un poco de eso de los tíos, y en su despedida de La Tierra, una amiga le manda un emotivo mensaje diciéndole que las mejores cosas son sencillas y que deje de buscar la felicidad en algo extraordinario, que espera que encuentre una persona única que le llene y le de todo. Total, que en una nave y con una persona con la que ella misma dice no congeniar, se enamora locamente porque es eso para lo que Eva vino al mundo, perdón, que Eva no es su nombre.

No olvidemos que, en ese juego del amor, él siempre juega con ventaja. Él la ha vigilado, controlado y decidido por su vida; pero se nos presenta como una bella historia de amor.

Cuando ella se entera, decide huir, volar y hasta darle una paliza. Pero son pequeñas cosas cuando te acaban de quitar la vida, así que todo queda en una anécdota. Es curioso porque, cuando uno de los tripulantes de la nave se despierta, le dice a ella que le comprenda, porque el pobre chico estaba solo y no tenía a nadie. En ese caso yo le preguntaría:

¿Y por qué no ha decidido despertar a alguien a quien no tuviera la pretensión de querérselo tirar?

Pero claro, quedaría muy soez para la bella mujer buen educada que es ahora la Sinsajo. Así que después de salvar el mundo y esas cosas que tienen las pelis de acción, ella descubre que le ama, que desea renunciar a su vida nueva en otro planeta, y vivir con él para siempre encerrada en su inmenso castillo…a no, perdón, que eso es la Bella y la Bestia. 

Debió de ser, además, que la ausencia de escenarios naturales obligó a los directores a buscar otro tipo de localización de las cámaras, por lo que el cuerpo de la actriz inunda planos innumerables en los que se la ve semi-desnuda, en bañador, ropa interior, poca ropa…incluso mientras se ahoga en una gran piscina. Con algo hay que llenar la ausencia de argumentario, supongo.

Nota mental: no personificar a los actores, no ver películas en las que actores que te han gustado, escenifiquen otras realidades. Cuando he descubierto que Jennifer Lawrence interpretó también El lado bueno de las cosas, he decidido, sin lugar a dudas, que la única película decente ha sido, sin duda, Los juegos del hambre. 

¿Qué opináis? ¿La habéis visto?

¡Me encantan los debates!

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