El dolor de quienes lo vimos, ahora que Astral ha caído en el olvido.

Hoy he visto el documental Astral por primera vez.

Recuerdo que, cuando se estrenó en Salvados, allá por noviembre del año pasado, yo estaba en Atenas. Sentada en la alfombra delante del sofá, seguía por las redes sociales los comentarios de la gente que estaba viéndolo porque no pudimos verlo en directo. Recuerdo que mi madre me dijo que estaba viéndolo, recuerdo también que hubo gente que comentaba que había dejado de verlo porque no podía hacerlo.

Hoy lo he visto. A miles de kilómetros de distancia de allí donde me encontraba aquel día, meses después y con lo que se dice tiempo y espacio de por medio, lo he visto. Y me he derrumbado como lo hubiera hecho en aquel momento.

Siendo honesta, el documental no me ha sorprendido. El relato, las historias, los sucesos que ocurren a diario en nuestros mares y en nuestras fronteras no me sorprenden. Los conocemos, por desgracia, de sobra. Las historias que cuentan, los rescates, ya las habíamos escuchado. Nos las habían contado los propios supervivientes. Y hay algo de paradójico en todo esto. Porque, conocerlas de antes, saberlas, haberlas escuchado de viva voz no amortigua sus golpes. Hace que duelen de una manera especialmente personal y cercana.

Hace poco más de dos horas, terminaba el documental y comenzaba un debate. Algo que no ha durado más de treinta minutos, un coloquio efímero y fugaz, tan fugaz como el recuerdo del documental que acabábamos de ver. Y no lo entiendo. La sangre bullendo me brotaba con rabia. No es metafórico que estaba mareada. Que estaba nerviosa, rasgada por dentro, como si acabase de presenciar algo terrible. O quizá es que lo acababa de hacer. Hacía años que no me ponía así de nerviosa al hablar en una asamblea. Juraría que en un momento antes de decidir tomar la palabra, he perdido un poco la conciencia. No sabía lo que iba a decir, ni si quiera porqué lo iba a decir. Me he sentido ausente, como ida, como si no estuviese ahí en ese momento. Y entonces.

Lo que sucedió en Calais hace unos meses no fue una intervención; fue un desalojo. De un día para otro, miles de personas fueron desalojadas de un campamento de refugiados con una gran extensión y envergadura. De la noche a la mañana, sin previo aviso, se llevaron a miles de personas, sin saber ni siquiera el destino al que eran conducidas. En Calais había cientos de niños y niñas sin parientes cercanos. El voluntariado internacional hizo saltar las alarmas por la brutalidad del desalojo. Lo que pasa es que hay desinformación al respecto. 

Yo sí creo que es un drama. Es más, creo que debemos ponerle el nombre bien grande de dramática social. Lo que actualmente se vive en el Mediterráneo, en Europa, en Oriente medio y en las puertas de nuestras casas tiene un carácter de urgencia humanitaria. Se trata de algo que está ocurriendo, y cerrar los ojos o seguir como si nada cuando, ya a sabiendas, sigue ocurriendo, no es más que participar en el entramado que sostiene que estas situaciones sigan sucediendo. Si la muerte de miles de personas en el mar no es un drama, si la llegada de personas que huyen de sus casas, sus hogares, del horror de la guerra no es un drama, entonces no hay drama existente en este mundo. 

No sé, es que, en realidad, tengo tantas cosas que quiero decir que no sé ni siquiera por donde empezar. Supongo que lo vivo demasiado cerca, supongo que me encuentro demasiado conectada. Desde el minuto uno, he sentido que conocía a muchas de las personas que salían agarrándose al barco de manera desesperada. Puede que se llamara Abdul, Hassan, Ali, Fatima o Isra. Puede que no reconociera ni una sola de las caras que salían. Pero sí conozco la historia de Mohammed, Ahmet, Duaa, Sadi o Lyon. Las historias de cientos de personas a las que sí conozco y que pasaron por la misma barca, el mismo mar, la misma noche sin esperanza, y un rescate que se debió de producir para poder contar la historia. Puedo imaginar conocer a aquel bebé que sale de la balsa de caucho porque tomé entre mis brazos un niño de dos años días y días. Porque sin conocerles personalmente, conozco las historias de tantos miles que pasaron por lo mismo.

Creo que quien va a Grecia, siempre vuelve. Yo quiero volver. Y creo, quizá en un noventa y cinco por ciento, que quien ha ido a Grecia, vuelve. No puedes dejar de ser voluntaria como si tal cosa. Una vez has ido, adquieres un compromiso que no te permite desconectar. No puedo desconectar, no quiero desconectar. No mientras esté en mi mano no hacerlo. No mientras sepa que miles de personas siguen muriendo cada día en nuestros mares. No podría dar de lado a mi familia si supiese que están bombardeando la casa en la que viven. Es tan sencillo, y a la vez tan difícil y complicado. 

Al final-supongo- es una cuestión de prioridades. No se trata de que esta situación no sea dramática, ni siquiera de que se intente apaciguar con colores e historias bonitas. Se trata de que, hoy, veintiséis de Abril de dos mil diecisiete, se está cometiendo algo semejante a un holocausto a las puertas de nuestra casa, y lo estamos permitiendo. Porque al final, es una cuestión de prioridades; pero también es una cuestión de privilegios, y también, por supuesto, es una cuestión de propiedades. De lo propio, de lo que no es ajeno. Es una cuestión de que-lo que pasa en el Mediterráneo- les pasa a otros. La prioridad es sacar adelante un trabajo, una casa, una serie de actividades como tomar una cerveza o las vacaciones en la playa porque- seamos sinceros- a quienes están muriendo en el Mediterráneo no les conocemos. 

Ni siquiera mi ejemplo es el mejor, ni el más valido. Ni siquiera todo el mundo tiene porqué ser voluntaria, ni arreglar un barco e irse a rescatar gente. Ni siquiera nadie tiene porqué viajar a Grecia. Lo que sí que tengo claro es que hay que hacer algo. Porque no se trata de que “no puedes dejar todo e irte a Grecia”, se trata de que no quieres. Y no pasa nada si no te empeñas en negar lo evidente, en negar que la causa primordial de una ausencia de acción es la falta de iniciativa. Porque todas podemos ayudar; todas podemos aportar, y no es necesario irse a Grecia, porque las personas que han ido necesitan mucho apoyo y un gran respaldo social. El motivo-es- aportar. 

Pero, por favor, no me digas que no puedes. Dime lo que quieras, pero no eso. Viví con menos de cien euros al mes para poder hacerlo; si yo puedo, tú puedes. Conozco a compañeras que han dejado toda su vida de lado. Si existe una posibilidad de ayudar, de aquella manera en la que te crees capaz y feliz de hacerlo, hazla. Pero, por favor, no digas que no puedes. Deja de engañar-te y di-te que no quieres. 

Y en cuanto a la frase “si pienso en lo que van a vivir en Europa, no les salvaría”. Me quedo con saber que cientos de personas se han quitado la vida una vez llegado a Europa. No en Turquía, no Líbano, en Europa. Porque la desesperación, la incertidumbre y la muerte, que ya no es vida porque no brilla como tal, se apodera, es terrible de soportar. He buscado zapatos para familias que deseaban volver a Afganistán porque no iban a recibir el asilo. He visto chavales someterse a un cambio de sexo porque así la comunidad internacional evitaría que volvieran a su país natal porque se encontrarían en peligro. He visto-y he vivido- cómo la vida en Europa da asco, es inhumana y vulnerable. Cómo se hacinan cientos de personas en una explanada o edificio abandonado, y cómo una familia se asentaba con mantas y escasas pertenencias en cualquier esquina. He visto como niñas y niños buscaban en la basura algo de comer. En Europa. En esta maldita y terrible Europa. Y no he visto, pero sí oído, cómo miles de niños han desaparecido en un más que posible tráfico de órganos, explotación infantil, o en el peor de los casos, prostitución. Como mujeres han sido vejadas, abusadas en las fronteras. Cómo muchos jóvenes han vivido atracos, palizas, robos y se han quedado sin nada. 

He visto como la gente mira para otro lado y muchas, pero muchas, miran por encima del hombro. Así que la situación en Europa, es asquerosamente insostenible. Y no, no se trata de que el poder resida en decidir salvarles o no. Sé que es una “forma de hablar”, pero me llama la atención la importancia del trasfondo. Porque si pensaremos en lo que viven en Europa, no podríamos dejar de salvarles. No podríamos, porque tienen derecho a vivir. Porque el derecho a la vida inalienable no lo quita nadie. Porque pensar en que rescatarles es una elección no es más que un modo colonialista de pensamiento. El derecho a ser rescatados es eso mismo, un derecho, puesto que están siendo asesinados y asesinadas. Porque mandarles bajo engaño en una lancha de goma con gasolina suficiente para veinte millas cuando tienen que cruzar sesenta, es un asesinato. Y, porque saber que eso está ocurriendo en agua europeas y no hacer nada, es una complicidad por parte de nuestros gobiernos y, por lo tanto, de sus votante. No existe postura válida y digna que no sea la intervención. El rescate no es una opción, es un derecho. Esto no parará hasta que todas nosotras asumamos la responsabilidad directa-e indirecta- que tenemos en este conflicto. 

 Y algo tan sencillo, parece ser costoso de asumir por gobiernos y pueblo llano. 

Mi respuesta, la que me hubiera gustado, y la que en parte he dado- en el debate-, viene cargada de lo único que puedo aportar a esto: las palabras que me rugen con fuerza y la experiencia que me permite ver donde antes yo misma no veía.

Por un momento, mientras hablaba, temblaba. Me hacía de cera que con el calor de la sala, se derretía poco a poco. No alcanzaba a levantar la vista, y cuando lo hacía, me fundía en el desconsuelo. Por un segundo, veía sus caras, me miraban con tristeza, comprensión, quizá compasión. Mis manos tiritaban, soy consciente de que la voz me vibraba, se me quebraba en un intento de transmitir, con corazón y vida. Una chica suspiraba y se escondía tras sus manos. Por un momento, creí que en cada una de ellas, calaría un mensaje, que no olvidarían al instante.

Pero, de repente, el tiempo se ha agotado. Una pequeña alarma indicaba el cierre de la sala. El silencio se ha roto, ha habido un alboroto de voces y, sin darme cuenta, estaba de pie, rodeada de personas que charlaban alegremente sobre sus quehaceres diarios. Y ahí estaba yo, en medio de todas, con las lágrimas detrás de mis pupilas, con mis manos temblorosas, mi voz entrecortada y mi cuerpo pidiéndome salir a gritos de aquella sala. Comprendiendo que el espacio y la realidad que me separaban de todas aquellas personas, a pesar de compartir con ellas origen, idioma y rasgos, era mucho mayor del imaginado. Siendo consciente, quizá con más dolor del que esperaba, de que sólo quien lo ha visto, puede comprenderte, puede evitar esa barrera de aislamiento que hace que las imágenes y los hechos se olviden de inmediato. Alguien que no pueda sonreír, ni bromear, ni reír después, porque lo ha visto todo con sus propios ojos.

Dios, ¿qué estamos haciendo? Es la pregunta de base para partir hacia una solución digna y humana.

Veintiséis de Abril de 2017

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