Squats de Atenas, ejemplo de resistencia

Cuando llegué a Atenas, lo que más me impactó fueron, sin duda alguna, los squats.

Puede ser que siempre haya sentido una especial predilección por los espacios okupados. Pero sin duda, creo que había algo más. El conjunto de factores que se unían en cada uno de aquellos destartalados edificios del centro de Atenas sucumbía en una mezcla casi perfecta de rebelión, autogestión y asilo humanitario.

Los squats, para quien no lo conozca, son edificios ocupados en el casco antiguo de Atenas, normalmente cerca de los barrios de Exarchia y plaza Victoria. Surgieron de la necesidad de una solución inminente para cientos de familias que se agolpaban en diferentes puntos de la ciudad en condiciones de vulnerabilidad extrema. En su mayoría, antiguos edificios ocupados tras una patada en la puerta, con las instalaciones básicas que llevaron días enteros de trabajo y la acomodación necesaria para dar cobijo a cientos de familias.

Los squats se ubican dentro de uno de los barrios más céntricos de Atenas, Exarchia, conocido por su importante movimiento anarquista incluso considerado a nivel Europeo como los más fuertes. Exarchia es un barrio que funciona diferente, que se parece en todo y en nada a las fuentes de inspiración del movimiento anarquista del siglo pasado. Los edificios, ubicados en diferentes puntos llegan a alcanzar la decena de ellos en algunos momentos. Albergando a entre cien y cuatrocientas personas cada edificio.

Existen squats con diferentes usos: para mujeres solteras o mujeres con niñas/os; squats para hombres solteros o que viajan en solitario y squats para familias. Agrupaciones en función de diferentes necesidades sociales de una población que sufre y ha sufrido las consecuencias de la guerra. Se trata de espacios en los que problemáticas sociales se abordan con cautela y cuidado, sumo cuidado, proporcionando en muchos casos un amparo no solo social, no solo político, sino también humanitario, también humano.

La organización dentro de cada squat es variable, aunque todos se ajustan a una regla básica: la autogestión. La gestión de los squats, y quizá esta es la diferencia más importante que diferencia a los squats de cualquier otro soporte humanitario es que no dependen de gobiernos, ni de la Unión Europea, ni de Organizaciones no gubernamentales. Los squats dependen, en su mayor medida, del trabajo de voluntarias y voluntarios anónimos que dedican su tiempo y esfuerzos a hacer un poquito mejor la vida de muchas personas. El abastecimiento se consigue principalmente a través del almacén de Elliniko, foco principal de donación de todas las organizaciones independientes de ayuda a refugiados que huyen de la guerra en Siria –pero no solo-. 

Y de todos, quizá el más imponente, el más importante en cuanto a envergadura, tamaño y organización, es el City Plaza. Un hotel abandonado en 2009 después de la quiebra de la compañía, que, por paradojas del destino, pasó a ser lugar de asilo y cobijo de cientos de familias refugiadas. El hotel aloja alrededor de 400 personas en este mismo momento. No tendría nada de especial sino fuese porque este hotel es ejemplo, actualmente, de auto-gestión y trabajo organizado. Asambleas semanales, actividades diarias, turnos rotativos en diferentes puntos de trabajo y abastecimiento alimenticio diario para cientos de personas provenientes de una cocina en la que sus fogones no han cocinado nunca comida mejor empleada.

Cuando me fui de Atenas, había aprendido que hasta lo más minúsculo, por improbable que sea e imposible que parezca, tiene la posibilidad de ser. Que el esfuerzo conjunto, la solidaridad como bandera y las ganas; tantas ganas que no duermes, que no comes y hasta casi no piensas en nada más; puede, y logra, mover fronteras. Quizá que no se conseguían mover países, o límites territoriales; pero que el espacio, relativo y mundano, se hacía grande para albergar algo tan bonito, con todas esas letras que conforman la palabra B-O-N-I-T-O, como hacer de un sitio desocupado, un hogar. Un hogar para todas, para pasar el invierno y cobijarse del dolor del pasado. El significado de unión y fuerza, abrumadora y sin límites, tomaron un sentido que antes ni siquiera podría haber imaginado.

A veces no somos conscientes de la importancia que tienen los pequeños actos que podemos llevar a cabo. Y ni siquiera, a lo mejor, somos conscientes de lo que podemos hacer con nuestras pequeñas acciones. Para mí, dar cobijo, comida y ropa a casi mil personas –incluso más-, día a día, cobra el significado más sincero de la palabra humanidad. Pero, por encima de todo, reside la importancia de la autogestión, de un gesto tan sencillo como ofrecer a las familias las propias riendas de sus vidas sin ser títeres ni objetos pasivos,  que adquiere una importancia fundamental que este proyecto, y no otros, aportan a personas refugiadas. Personas que han perdido todo y para las que ser dueñas de su vida presente es mucho más de lo que podría ser cualquier ayuda organizada terceros.

Y ahora, nos lo quieren quitar de las manos. Quieren desalojar tanto el City Plaza como otros muchos squats del centro de Atenas. Por orden judicial y sin importar las familias desalojadas, los sueños rotos y la importancia que esconde un proyecto de esta envergadura. Lo que fue el consuelo y la suerte de tantas y tantas personas, se convierte en efímero y pasajero. O al menos, lo que pretenden. Porque entre las palabras que encuentro para expresar que me siento frágil, o pequeña, o insignificante, encuentro siempre la contra: se revuelcan y se transforman, sin darme cuenta, en fortaleza. Algo tan grande no puede ser frágil. Es fortaleza, es unión, es vida llevada al extremo. Son ganas de vivir y de compartirla. Y es la suerte de haber podido participar en ello. Son los carteles que, ahora más que nunca, hondearán por las ventanas pidiendo libertad, que abran las fronteras.

Es el apoyo que recibe, a nivel mundial, un espacio tan pequeño, pero que tanto ha hecho.

#CityPlazaResiste

#RefugeesWelcome

Podéis seguir la información aquí.

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