Mi Máquina del tiempo, #TravelAlone

Ella tiene su máquina del tiempo y el caso es que a mí, el tiempo, se me para cada vez que lo recuerdo. Un recuerdo que parece eterno, de verdad que sí, enfrascado en ese tiempo infinito que parecía extenderse en las laderas de aquellas montañas del Atlas marroquí.

Yo estaba sentada en el autobús. Miraba por la ventanilla mientras aún intentaba controlar mi respiración y los latidos a la altura de la garganta. Unas horas antes, apenas…¿doce? había desembarcado en el aeropuerto Marrackech Menara. Descansaría en un hostal cercano a la gran plaza y a al día siguiente saldría en el primer autobús de la mañana camino al Sur. La mezcla del despiste, el cambio horario y un reloj algo trastocado hicieron que el camino, de apenas quince minutos, lo recorriera en cinco, cogiera el taxi y, justo a la hora exacta de salida, llegase sin aliento a la puerta de la estación. Bendita impuntualidad marroquí.

Y allí estaba yo, sentada mientras intentaba recobrar el aliento; las puertas cerrándose, el conductor en su asiento; el ayudante recogiendo los billetes cuando, en el último minutero del reloj que marcaba el tiempo máximo de salida, aparecieron dos chicas, sendas mochilas al hombro, corriendo hacia el autobús. Recuerdo sentir el alivio de no ser la única, ni ser la última, ni ser ellas. No podía perder ese autobús, y apunto había estado de hacerlo.

Curiosa casualidad del destino que cogieran el autobús. Preciosa casualidad de la vida que horas más tarde, en medio de las montañas del Atlas y en aquel restaurante en la cumbre de una de las laderas sí, ese en el que SIEMPRE paran los autobuses-, nos encontrásemos cuatro mujeres, cuatro historias, cuatro vidas y cuatro viajes en solitario. Tanya era una de ellas, y se había encontrado con Cristina también en el camino. De la otra mujer no recuerdo su nombre, pero sí que había viajado decenas de veces embaucada, como todas, por esa esencia suave y acogedora que desprende Marruecos.

Hablamos, reímos y disfrutamos durante horas de un viaje que a la vuelta, con doce horas y la tristeza de la despedida, se me antojó vació sin ellas. Y así nos conocimos, viajando y compartiendo, impacientes de aventuras y llenas de vida. Con la ilusión de viajar, con ese cosquilleo que el viaje te produce. Con esas sensaciones inexplicables que viajar sola te crea en el cuerpo.

Una vez presentada, esta es su historia, 

Viajar sola

Mi máquina del tiempo

Una de las cosas que más me encantan de haberme atrevido a viajar, y en este caso a viajar sola (que es una de las mejores experiencias de mi vida, por cierto) es ser la afortunada propietaria de una libreta de viajes. Creo que es una de las cosas más bonitas que alguien puede tener en la vida. No solo por el hecho de tenerla como un trofeo o algo de lo que fanfarronear, NO, sino que es como ser la dueña de una pequeña maquina del tiempo.

Esta maquina del tiempo te acompaña, te escucha, te guarda secretos y te transporta a instantes que olvidaste o que recuerdas cristalinos como el agua pero que poco a poco se difuminan, esta maquina te lleva al momento justo donde escribiste esa línea en una carretera medio abandonada en Irlanda después de haber creído que habías perdido la mochila o al mismo instante donde hiciste ese borrón en medio de un pueblo perdido de Marruecos.

Qué puedo decir de mi maquina, Mi Máquina del tiempo es un regalo de mi Chicharrera favorita: es rectangular, modesta, de flores, colorida y pequeña. Me transporta al pasado pero también me recuerda porque tome la decisión de viajar sola, y como también, no pude dormir toda la noche anterior creyendo que no volvería a mi casa jamás. El miedo, ese gran compañero que aprendes apreciar pero no hacer mucho caso al final (tan solo lo justo y necesario).

No sé si es una cuestión de no tener miedo, de no tener prejuicios, de atreverte , de querer encontrarte a ti misma, de sentir que necesitas vivir nuevas experiencias o de hacerlo porque te dicen que no puedes, pero viajar sola es un regalo increíble e imborrable. Viajar te da fuerzas, seguridad, autoestima y ganas de vivir, y sobre todo aprendes que el mundo no es tu barrio, tu pueblo o tu trabajo, el mundo no es tu circulo. El mundo es un patio de recreo por explorar que espera ansioso que lo descubramos.

Y en mi caso también aprendí de mí que puedo hacerlo, que no era tan malo como lo pintaban, que lo necesitaba, que me ayudó, que no tengo tiempo para esperar, que no es tan fácil pero tampoco es tan difícil y que no se si es la actitud con la que uno vuelve de un viaje como este, de unos días, de unas semanas o de unos meses (un viaje mochilero, a la aventura, con pocos recursos y sin casi planes ni preparaciones) pero se logra volver con la actitud y la gran certeza de que todo es posible y que hay que hacerlo ya. Que la vida es corta y necesita ser vivida y explorada,  no sólo contada, leída o mirada desde la distancia.

La vida son olores, gestos, risas, miradas, sustos, miedos, recuerdos, vivencias y experiencias que nos están esperando ahí fuera, solo hay que ir a buscarlas. Y si algún día no encuentras los motivos ni las razones para dejarlo todo, para hacerlo, para atreverte y para volver a intentarlo e irte, siempre tendrás un pequeño pero gran recordatorio (tan imprescindible cuando viajas pero tan rápido de olvidar a la vuelta). Es tu maquina del tiempo, tu recuerdo imborrable que te recordará que un día lo hiciste, lo lograste, te atreviste….. y ¿tú? ¿te atreves a viajar sola?.

 

Tanya.

http://proyectoabandono.com 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s